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Pogacar se exhibe en los Vosgos y el Tour enloquece con Seixas

Дата публикации: 18-07-2026 16:08:32

Era un día en el que se sentía el miedo en el ambiente. Pero él, como siempre, fue a lo suyo, a ganar y salir de los Vosgos más amarillo si podía ser. En Mulhouse, la segunda ciudad de Francia con más museos, un descampado servía como aparcamiento de los autobuses y en el de Tadej Pogacar era donde más gente se reunía. Imposible verlo. Como mucho el aliciente estaba en fotografiar su bicicleta.Leer la noticia completa

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Era un día en el que se sentía el miedo en el ambiente. Pero él, como siempre, fue a lo suyo, a ganar y salir de los Vosgos más amarillo si podía ser. En Mulhouse, la segunda ciudad de Francia con más museos, un descampado servía como aparcamiento de los autobuses y en el de Tadej Pogacar era donde más gente se reunía. Imposible verlo. Como mucho el aliciente estaba en fotografiar su bicicleta.

Un guardia de seguridad del Tour, montado en bici, se acercó a la zona acotada. La abrió y fue al rescate del esloveno. “¡Abran paso, por favor!”, chillaban los vigilantes de la carrera. Y él salió sonriente: chaleco de hielo tapando la prenda más preciada del Tour y una tirita en la nariz, amarilla como el jersey que vestía. Mientras se dirigía al podio un chillido colectivo por donde pasaba acompañaba su lento pedaleo, el único instante en el que una persona normal podría seguir su bicicleta.

Unos aficionados mexicanos gritaban entre banderas del país “¡Torito, Torito!”, en honor a Isaac del Toro, el escudero de Pogacar, y el que hizo segundo en la meta de la 14ª etapa. Ellos se comen y se guisan el Tour, aunque entre los condimentos de la carrera, como si fuera el picante del plato principal surge Paul Seixas para que Francia enloquezca y para que Juan Ayuso sufra.

En la salida, los padres del ciclista español apenas pueden verlo. O saludan al hijo o se pierden su llegada en los Vosgos, porque el día es complicado. Una cosa u otra. Deciden partir velozmente. Los mecánicos limpian de polvo las ruedas de las bicis. Todos inquietos, porque todos saben la que se va a liar en la vía verde, el carril bici de poco más de cinco kilómetros que conduce a la cima de Haag, a seis kilómetros de la meta, como aliciente a un circuito por los balones de Alsacia, testigos de tantos líos y bayonetas entre franceses y alemanes.

Si hace un siglo hubo guerra, ahora hay paz. “Ha sido inolvidable el calor del público y sólo he podido darles las gracias con un gran espectáculo”, confiesa Pogacar tras conseguir la cuarta victoria, que igual no es la última. El público vibra cuando los ciclistas pasan a milímetros por la vía verde de Haag y mucho más cuando ven a Paul Seixas al ataque. Aún no puede con Pogacar -todo llegará- pero sí con Jonas Vingegaard, quien responde con timidez al demarraje ganador de Pogacar, a 1,6 kilómetros de la cima de Haag. Desde ese instante ya se sabe quién ganará la etapa.

Ayuso, en la salida de Mulhouse, saluda y da las gracias cuando se le desea suerte en la etapa. Sale del bus en compañía de Carlos Verona, con quien ha hecho muy buenas migas. Con él y con todo el equipo Lidl-Trek. Parece que no es su mejor día, pero resiste y allí sigue en la pelea por el podio y por ese ‘maillot’ blanco que Seixas le arrebata por tres segundos. Saltarán de aquí a París más que chispas en la lucha por el jersey que identifica al mejor joven menor de 25 años que por la prenda amarilla.

Seixas lo lucirá este domingo como si llevase la camiseta de los ‘bleus’ animado por miles de seguidores que lo apoyarán en los 11 kilómetros de subida al debutante Plateau de Solaison, un infierno en llamas, un puerto que ha venido al Tour para quedarse y de donde saldrá posiblemente una general que no se parecerá en nada a la de ahora, salvo en el ocupante de la primera plaza de la general.

En Mulhouse no se huele la tragedia sino un día grande de ciclismo en el que se le da vida a una fuga encabezada por Richard Carapaz. Sólo sirve de actuación, como si fuera un buen telonero en el concierto de un grupo mediático. Se lo come Vingegaard, vestido con un jersey de topos, líder de la montaña, prestado por Pogacar. El esloveno le cede el control de la subida, hasta que ataca. Menos tiempo que en el destrozo del Tourmalet o en el espectáculo del Macizo Central pero suficiente para saber quién manda en este Tour.

Pogacar gana divirtiéndose, como si jugase. Se le ve más feliz que el año pasado cuando acabó el Tour más agotado de cabeza que de piernas y sin saberse realmente si andaba fastidiado de una rodilla. Es una buena noticia para la Vuelta. Pero todo llegará, que ahora el horizonte está en París, que viene el Plateau de Solaison, y que a nadie le hablen de la doble subida, como traca final, al Alpe d’Huez.

Francia vibra. Seixas hace olvidar el desengaño del balón. 19 años cargados como un arma poética sobre una bici. Hay casta de ciclista. Lo sabe Ayuso, ¡Ah! lo que le costará al ciclista español desnudarlo de blanco. Suerte que el público ciclista respeta, magna etapa en los Vosgos y bendito sea el Tour nuestro de cada día.

Fuente: El Periódico

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