Cómo puede una democracia defenderse contra quienes quieren demolerla desde dentro? Esta pregunta surge cuando la experiencia histórica muestra que este proceso no es nuevo y que nuestro país ha iniciado ya el camino. Es más, aunque se trate de vías diferentes en los casos conocidos, el objetivo es siempre el mismo: acabar con el sistema sin más o travestirlo en simple simulacro.
Las democracias liberales surgieron con una finalidad inicial muy clara: combatir la acumulación y el abuso de poder de unos pocos sobre el resto de sus conciudadanos. Para lograrlo se partió de dos visiones del ser humano diferentes: la inglesa (Locke), para quien la tendencia de aquel es al abuso, a la ampliación de los derechos propios a costa de los de otros, y la francesa (Rousseau), la de un hombre de naturaleza bondadosa que necesita defender su libertad cercenada por una sociedad opresiva.
En ambos casos, para que los propósitos del sistema democrático sean realizables, se requiere que el poder esté repartido, según el esquema clásico de poder ejecutivo, legislativo y judicial; que la ciudadanía, a través de las instituciones oportunas, pueda ejercer su control para que la voluntad mayoritaria –fundamento del poder democrático– sea respetada, y que exista asimismo un respeto escrupuloso de las reglas de juego propias del sistema, sin pretender cambiarlas sobre la marcha. Complementado todo con el indispensable cultivo, aceptado o fruto de la naturaleza misma del hombre, de una serie de virtudes, tanto en el ámbito social como personal: honradez, integridad, honestidad, rectitud y sentido de la verdad, resumido en el viejo concepto de probidad.
Hoy, cuando estas actitudes constitutivas se encuentran en horas bajas y son relativizadas en aras de la defensa del interés propio y de grupo, de manera que tan solo la presencia de una Justicia, también muy debilitada, puede amortiguarlo, es prácticamente imposible la existencia de una democracia sana, identificada con el objetivo para el que fue pensada.
Esa laguna hace posible que el sistema sea horadado desde dentro, hasta convertirlo en una mera fachada, por mano de quienes estarían llamados a preservarlo. Si la conciencia es indolora para cometer irregularidades y actuar de forma perversa, y ya pocos, aunque les corresponda, responden eficazmente al desafío, la democracia está minada de antemano y a punto de práctica disolución. Logrado el poder con estos usos y atrincherado en torno a él un número de personas dispuestas a apoyarlo a costa de lo que sea, el avance hacia la muerte de la democracia está asegurado.
Pero, ¿qué medios eficaces posee esta cuando, los obligados a protegerla escrupulosamente, no respetan las reglas y las instituciones que la conforman han sido invadidas por aquellos a quienes les importa un bledo su correcto funcionamiento? ¿Qué ha de suceder cuando una parte importante de la ciudadanía, consciente o amarrada a intereses contrarios al bien patrio, forma una mayoría suficiente y acelera el proceso? ¿A qué recurso acudir para combatirlo sin herir mortalmente el sistema?
Ignoro hasta qué punto se es consciente de lo que nos jugamos y se sacan las debidas consecuencias. No pocos se conformarían con esperar a que las cosas por sí mismas lo resarzan, aunque se esté aún lejos de conseguirlo. Cierto, esta actitud es cómoda y no exige comprometerse a fondo; pero no parece una respuesta suficiente al reto.
Las medidas necesitan tiempo, pero han de ser exigentes, e implican decisión y capacidad de resistencia en quien o quienes las tomen; también riesgos y asumir importantes responsabilidades. Mas esta no es época de héroes. Las euforias de nuestros antepasados hace tiempo que dejaron de habitarnos. Así las cosas, ojalá bastase con el concierto de una mayoría del espectro político bien cohesionada para detener la caída; mas, vistas las dificultades, permítaseme el beneficio de la duda.
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