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Дата публикации: 19-07-2026 04:01:02

Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de Madrid

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Religión

Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de Madrid

Domingo XVI del tiempo ordinario

El mal no es una abstracción. Tiene rostro, voluntad y método. Atraviesa el mundo y la historia como un sembrador siniestro, esparciendo cizaña donde antes hubo buen trigo. No siempre se l ve venir, pero siempre se nota después. La parábola que Cristo propone hoy no es una explicación teórica del mal, sino la estrategia divina para no sucumbir a él. Porque no basta con saber que existe el adversario; hay que saber resistirlo desde dentro, en el campo sagrado del alma, donde se decide el destino eterno. Meditemos:

«En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:

“El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:

Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?

Él les dijo: ‘Un enemigo lo ha hecho’.

Los criados le preguntaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ Pero él les respondió: ‘No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.”

Los discípulos se le acercaron a decirle: “Acláranos la parábola de la cizaña en el campo”. Él les contestó:

“El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.

Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre”.» (Mateo 13, 24-30).

Quien quiera crecer en Dios, sabe que vive rodeado de cizaña. No se trata de un defecto divino, sino de una exigencia del amor. La cizaña es parte del paisaje de salvación. No porque Dios la quiera, sino porque sabe valerse de lo adverso para hacer más firme al justo. El alma no es un jardín tranquilo, sino que florece por la batalla espiritual.

No es casual que el verbo que usa el evangelio para referirse a sembrar buena semilla sea speírō (σπείρω), en en una forma simple y directa del verbo. Para el enemigo, en cambio, se emplea la forma epéspeiren (ἐπέσπειρεν), que indica una acción posterior, furtiva y complicada. Porque Dios actúa de manera sencilla y veraz, mientras que el maligno no crea, sólo falsea, complica las cosas y corrompe. Llega cuando todo parece estar en orden, cuando los hombres duermen y bajan la guardia. Entonces deja caer lo dañino, esperando que ahogue al trigo hasta o se confunda con él.

Pero Cristo no llama a erradicar la cizaña prematuramente, sino a perseverar entre ella. Para esto es necesario saber crecer hacia lo alto, aspirar a lo de arriba. La cizaña, en cambio, quiere que lo bueno se quede reptando junto a ella en lo bajo. Es lo que, como sacerdote, suelo recomendar a las personas que se escandalizan y se frenan ante el mal. “Aspira tú a lo más alto…”, “elévate sobre esas miserias…”, “haz estremecer al mal con tus obras buenas”, les digo. “¿Te preocupa la indiferencia religiosa de tus hijos? Vive feliz y apasionadamente tu fe”, “¿Te agobia la indolencia de la gente alrededor? Da testimonio concreto de caridad”.

La perseverancia en el bien madura la virtud. A veces el celo por arrancar el mal de raíz puede dañar también el bien. El discernimiento no se improvisa, se ejercita. El que no sabe esperar, no sabe amar. Y quien no ama, ha entendido muy poco a Jesucristo.

La cizaña existe, pero no tiene la última palabra. Su destino es el fuego. No el que purifica, sino el que consume. Es el horno encendido del que habla el Señor, donde habrá llanto y rechinar de dientes. El juicio vendrá, no lo precipites. Deja a Dios ser Dios. Mientras tanto, cultiva tu parcela con constancia. No te dejes ahogar. El verbo griego que describe la acción del enemigo no es sólo sembrar, sino dispersar, esparcir con intención de disgregar. El diablo –diábolos (διάβολος)– actúa como su nombre indica: dividiendo, quebrantando y corrompiendo la pureza del campo sembrado por el Señor.

Lo que debemos hacer no es eliminar al adversario, sino robustecer las raíces. Recordemos que la vida cristiana no es evitar el mal, sino vencerlo a fuerza de bien. Así crece el trigo: no eliminando la cizaña, sino diferenciándose de ella y haciéndose mayor y más radiante. Cuando llegue la hora de la siega, los que hayan permanecido fieles brillarán como el sol. Esta es la promesa. El que resiste hasta el fin, se salva.

Para ello, no estás solo. El Espíritu Santo no es sólo consuelo, sino aliento y brisa, que hace crecer la buena siembra, la refresca y esparce su buen olor. Él es tu Defensor interior. Ábrete a su acción y fortalece lo que te hace crecer hacia lo alto. La lucha contra el mal no se libra con argumentos, sino con santidad. La mejor refutación de las tinieblas es una vida iluminada. Y si te sientes débil, no te acobardes. Únete al resto fiel, apóyate en la comunidad creyente, vive unido a los que luchan contigo.

Distínguete como trigo de la cizaña. No llames bien al mal ni confundas tolerancia con complicidad. Si hay que esperar, que no sea por miedo, sino por caridad. Si hay que convivir, que no sea por indiferencia, sino ejercitando la esperanza y marcando la diferencia. Y porque hay que resistir, que sea con alegría, sabiendo que en cada instante estamos ganando eternidad.

Examina tu conciencia a la luz de Mateo 13, 24-30:

«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo».

¿Qué tipo de semillas —pensamientos, mensajes, imágenes— dejo sembrar en mi interior?

«Mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña».

¿Soy consciente de que el demonio nos ataca al bajar la guardia? ¿Me mantengo alerta?

«No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo».

¿Pretendo ocuparme yo del trabajo de Dios o cultivo la paciencia y la esperanza?

«Los justos brillarán como el sol en el reino de su padre.»

¿Soy un campo que se deja trabajar por Dios o dejo crecer en mí la cizaña del desánimo, la superficialidad y la indiferencia?

Dile sinceramente a Dios:

Señor Vencedor, fortaléceme en el combate y no permitas que el mal me ahogue.

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