Los investigadores han validado a Einstein y escrutado los modelos de la rotación terráquea durante la ocultación del Sol
Los eclipses de Sol son un laboratorio natural que genera conocimiento científico. Desde el descubrimiento del helio a la confirmación de la Teoría de la Relatividad General en el pasado a ayudar a saber cómo se comportan los seres vivos y la atmósfera terrestre.
Es imposible establecer cuándo los eclipses empezaron a ofrecer este tipo de conocimiento, aunque se sabe que el registro con precisión más antiguo data de año 1223 antes de nuestra era.
La referencia a aquel eclipse total quedó grabada en una tablilla de arcilla encontrada en 1948 en las ruinas de la ciudad de Ugarit (Siria), explica el físico solar José Carlos del Toro.
La ciencia suele tomar su tiempo. El eclipse del año 133 A. C. en Babilonia, que se describe en una tablilla conservada en el Museo Británico, “ahora nos ha hecho dudar de nuestros modelos de rotación de la Tierra”, comenta.
Si la Tierra hubiera rotado a la velocidad de hoy, el eclipse habría ocurrido en Baleares, pero si decreciera al ritmo que esperaríamos, se habría visto en Afganistán. “No queda más remedio que revisar los cálculos”, porque, además de las mareas, tiene que haber otras causas que condicionen el frenado de la rotación.
Corona solarLos eclipses totales permiten observar y estudiar la corona solar, que es la parte más externa de su atmósfera y que encierra un misterio: no se sabe con certeza por qué su temperatura es mucho más elevada que la de la superficie.
La primera referencia claramente interpretable a la corona fue de Plutarco. Y en la que se considera la primera descripción científica de un eclipse, el de 1560 en Coimbra (Portugal) del jesuita Cristopher Clavius, se habla de la gran luz que rodeó al Sol.
Para saber si ese halo era un fenómeno solar, lunar o terrestre hubo que esperar hasta el siglo XIX, cuando se realizaron hallazgos importantes y se reveló algún error, porque la ciencia no avanza solo con éxitos.
Área pensinsular donde se apreciará el eclipse solar en su totalidad.
/ M. G.
Existe un elemento químico, el helio, cuya existencia descubrió el astrónomo británico Joseph Lockyer observando un eclipse solar. Hubo que esperar años para que se localizara también en la Tierra.
Sin embargo, el coronio es el elemento que no fue. Se creyó que se había descubierto observando el espectro de la corona en 1869 y hubo que esperar más de 30 años para saber que era hierro 13 veces ionizado, explica Del Toro.
Teoría de la relatividadLa contribución más importante de los eclipses a la ciencia fue conseguir una de las primeras pruebas experimentales de la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein, logrado observando en 1919, en una doble expedición británica no exenta de peripecias.
La que viajó a la isla de Príncipe se encontró con un tiempo tan adverso que apenas se pudo ver el eclipse; la de Sobral (Brasil) llegó a destino con el telescopio roto y solo pudieron conseguir un sustituto de emergencia mucho más pequeño.
Los resultados confirmaron que la luz se curva al pasar un campo gravitatorio intenso como el del Sol y lo hacía en el rango previsto. Aquella demostración disparó la popularidad de Einstein y abrió el camino a numerosas aplicaciones, entre las que Del Toro cita las correcciones gravitatorias relativistas que usa el GPS.
Mirando a la TierraYa en el siglo XXI, misiones europeas como Solar Orbiter, que se ha aproximado a distancias increíblemente cercanas a nuestra estrella, o Proba 3, que con dos satélites crea eclipses artificiales, permiten estudiar el astro rey sin depender de los naturales, pero no por ello pierden todo su interés.
“Los científicos que estudian la corona solar siguen observando, porque no deja de ser importante entender efectos muy sutiles que se pueden apreciar en los eclipses”.
Pero la ciencia vuelve el foco a la Tierra, implicando a los ciudadanos en proyectos variados, destaca la doctora en astrofísica Montserrat Villar, del Centro de Astrobiología.
Los eclipses permiten estudiar la ionosfera, una capa de la atmósfera a más de 80 kilómetros, que sufre “cambios muy drásticos” debido a la falta repentina de luz, afectando a su temperatura, densidad y propiedades. Además, gracias a los radioaficionados se analiza si esos cambios pueden interferir en la propagación de las frecuencias de radio.
Balidos lúgubresLos eclipses también afectan a los seres vivos. Hay crónicas medievales que hacen referencias “anecdóticas” como que las ovejas emitían balidos lúgubres y las vacas volvían al establo. Ahora el relato pasa a ser ciencia con estudios en los que la participación ciudadana es “muy valiosa”.
Los animales también son objeto de estudio, pues está comprobado que algunas aves e insectos cambian su comportamiento y otros no. En el eclipse de 2024 en EEUU se comprobó que hubo pájaros variaron sus patrones cantores.