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Cuando Prim salió de Ceuta como conde de Reus para convertirse en marqués de Castillejos

Дата публикации: 21-08-2026 22:05:00


El inesperado héroe de la Guerra de África arremetió contra las cabilas que asediaban la ciudad española y abrió el camino a la toma de Tetuán, lo que forzó al sultán de Marruecos a firmar el Tratado de Wad Ras


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“Una paz chica para una guerra grande”. Esa fue la definición que caló popularmente del Tratado de Paz de Wad Ras que firmaron el 26 de abril de 1860 España y Marruecos para poner fin a lo que en la Península se conoció como la Guerra de África. Con el objetivo de garantizar la seguridad de Ceuta y Melilla, las tropas al mando del general Leopoldo O’Donnell, presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra, habían conseguido una rotunda victoria en una campaña relámpago, llegando a tomar Tetuán. Sin embargo, la paz sólo garantizaba la seguridad de las plazas de soberanía, una indemnización por los daños de la guerra y el reconocimiento de Santa Cruz de la Mar Pequeña, donde el Reino de Castilla ya se había asentado en el siglo XV e identificada entonces como Ifni, como explotación pesquera española.

Para O’Donnell, y en general para la España de la época, la victoria en sí era ya suficiente premio. Como definió Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios nacionales, la campaña supuso un “ingeniosa purga de la psicología española” permitiéndole sacar pecho en la Europa de los imperios. De hecho, la respuesta militar al asedio de las cabilas a la delimitación de la frontera de Ceuta y las obras de refuerzo de sus murallas había conseguido el apoyo unánime de las Cortes. Y el objetivo de la operación para el Gobierno, desde luego, nada tenía que ver con ocupar territorio marroquí y adentrarse en un incierto avispero.

Para no errar el tiro, O’Donnell, en tanto que general en jefe del Ejército de África, recurrió al general Juan Prim, un militar ya popular tras liderar el levantamiento contra Espartero y su derrocamiento. Una gesta que le había valido el reconocimiento como conde de Reus y vizconde del Bruc y el cargo como gobernador de Puerto Rico, además de un notable reconocimiento ciudadano.

Aunque algunos historiadores también consideran que O’Donnell lo envió precisamente a Ceuta para tenerlo apartado de Madrid en un momento delicado en el que podría hacerle sombra, el caso es que Prim asumió un papel destacado en la campaña. Pero lo cierto es que él también estuvo sobre el terreno y, como Prim, brilló por su arrojo. No era nada común que el general en jefe, además de presidente y ministro, no sólo se desplazase a Ceuta, sino que llegó a establecer su cuartel general en los terrenos enemigos ocupados.

Recreación de un grupo de integrantes del Tercio Catalán de Voluntarios en la Guerra de África del artista Augusto Ferrer-Dalmau

Recreación de un grupo de integrantes del Tercio Catalán de Voluntarios en la Guerra de África del artista Augusto Ferrer-Dalmau

Nada, sin embargo, que eclipsase el liderazgo de Prim, ya que sus hechos de armas pronto brillaron más que la sagacidad e iniciativa política del general en jefe. No en vano, el militar catalán llevó la iniciativa y tras unas primeras escaramuzas con las tropas rifeñas, el 1 de enero de 1860 protagonizó la primera gran acción de la campaña: la batalla de Castillejos, de la que él mismo dio cuenta a O’Donnell en un parte de guerra del que ofrecemos las primeras páginas.

Su sucinta descripción del avance de las diversas fuerzas españolas (infantería, caballería, artillería de montaña y hasta infantería de Marina) y su perfecta coordinación no reflejan su decisivo papel en la primera gran batalla de decantó rápidamente la guerra. Encumbrarlo fue labor de algunos de los protagonistas de la operación, principalmente del escritor Pedro Antonio de Alarcón, quien en su Diario de un testigo de la Guerra de África narró de primera mano los hechos.

Prim no sólo salió de Ceuta para dirigir la toma de Castillejos, sino que la dirigió en vanguardia y fue el artífice de la toma de la casa del morabito (o marabú), una humilde edificación en memoria de un notable musulmán en un alto desde el que se dominaba el teatro de operaciones y la ruta a Tetuán. Uno de los promontorios que la cabila había convertido en su fortín. El propio nombre de Castillejos –o Castillejo– con el que se ya conocía la zona responde de hecho a las atalayas desde las que se controlaba la costa y todo el valle.

En apenas dos semanas, las tropas españolas alcanzaban el Cabo Negro, de nuevo con protagonismo de Prim, quien tuvo que asumir también el mando del Segundo Cuerpo del Ejército desplegado en África al enfermar de cólera el general Juan de Zabala. El militar catalán abría las puertas de Tetuán a O’Donnell, quien lideró su asalto el 6 de febrero, si bien las crónicas de la época apuntan que fueron los Tercios de voluntarios catalanes a las órdenes de Prim los primeros en alcanzar su alcazaba.

Por estos hechos, Leopoldo O’Donnell fue reconocido como duque de Tetuán y Prim como marqués de Castillejos, con Grandeza de España. Un título que fue elevado también a ducado tras su muerte. Ambos siguen vigentes.

“Parte detallado de la acción ocurrida el día 1 de enero en el Castillejo y alturas del valle de Framaquera”

“Guerra de África. 1860. General Juan Prim, conde de Reus. Ejército de África. División de Reserva. Estado Mayor. Tercera Sección. 13 de enero de 1860.

”Excmo. Sr.:

”Según tuve el honor de manifestar a V.E. en el parte que le di de la acción ocurrida el día 1 en el Castillejo y alturas que forman la cañada del valle de Framaquera la premura del tiempo no me permitía entrar en detalle: la marcha de estos días me ha obligado a retardarlo más de lo que hubiera deseado.

”Al amanecer me puse en marcha con la división a mi mando aspirando apoderarme de las posiciones por sorpresa, lo que no fue posible realizar, por estar ya ocupadas de enemigos.

El ataque de los acreditados batallones del Príncipe y Vergara fue brioso como de costumbre y la posición quedó por suya a la primera embestida

”Al llegar a la primera posición pasado el campamento de la Concepción, dispuse que el coronel Cándido Pieltaín, con los batallones del Príncipe y Vergara, marchara a tomar posición en la inmediata al valle del Castillejo; así lo ejecutó, teniendo que romper el fuego desde que asomó el primer soldado, pues el enemigo, como he dicho, estaba ya ocupando las escarpadas rocas que lo dominan. El ataque de los acreditados batallones del Príncipe y Vergara fue brioso como de costumbre y la posición quedó por suya a la primera embestida.

”Mientras se ejecutaba esta primera operación hice avanzar unas compañías de Cuenca que con no menor bravura se apoderaron de las rocas más a la derecha logrando así hacerme dueño de toda la meseta. Mientras continuaba el fuego, para sostener las posiciones que el enemigo en vano pretendió recuperar, fueron llegando las demás fuerzas de la división, los dos escuadrones de húsares y la batería de montaña que V.E. puso a mi disposición.

Cuarenta o cincuenta hombres de la Marina de Guerra abordaron la posición de la casa del marabú cual lo hicieran a un buque enemigo

”Coloqué estas armas convenientemente, ordené que todos dejaran mochilas y ganchos y en esta disposición esperé las órdenes de V.E. Éstas llegaron media hora después y en su consecuencia dejando cubiertas las primeras posiciones conquistadas lancé los batallones del Príncipe y Vergara, sostenidos por el de Luchana y protegidos por los certeros tiros de la Compañía de Artillería de Montaña, a desalojar la numerosa morisma que estaba en la casa del marabú. Al batallón de Cuenca, a las órdenes de su entendido coronel José Estremera, por la cañada de mi derecha; los escuadrones de húsares se establecieron en el valle y los batallones de Artillería e Ingenieros quedaron en la meseta como reserva general de la primera brigada.

”El ataque simultáneo de las fuerzas de vanguardia fue ejecutado con tal precisión y bravura que el enemigo fue arrojado instantáneamente de la casa del marabú y malezas inmediatas, contribuyendo a ello cuarenta o cincuenta hombres de la Marina de Guerra que a las órdenes del comandante Miguel Lobo y teniente de navío Luis Gaminde se lanzaron intrépidamente a la llanura y abordaron la posición de la casa del marabú cual lo hicieran a un buque enemigo.”

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Esta pieza forma parte de una serie de contenidos que recupera discursos, manifiestos y otros documentos destacados de diversas épocas para contextualizarlos desde una perspectiva histórica y con ánimo divulgativo.

Ramón Álvarez Sánchez

Redactor de la sección de Continuidad y colaborador del canal Historia y Vida. Ha trabajado en La Revista del Sábado, Deportes, Magazine y Última Hora y ha coordinado el suplemento económico Dinero. Autor de varias obras divulgativas

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