Durante la primera semana de agosto, la popular Gelateria Colonial, una institución de la Colònia de Sant Jordi que nació en los primeros ochenta y que, en los meses de verano, recibe a diario riadas de ciudadanos frente a su mostrador en busca de una de sus exquisiteces artesanas, cesó un par de días su actividad por una avería en su maquinaria. Y dejó huérfanos, aunque fuera temporalmente, a cientos de residentes y veraneantes que tuvieron que privarse de una de sus costumbres más celebradas. Pensé entonces en los grandes cambios que ha sufrido el núcleo turístico de ses Salines en los últimos cincuenta años y, sobre todo, en los pocos referentes que van quedando en pie tal como eran. Seguramente, por los propios efectos del paso del tiempo, el crecimiento urbanístico desmesurado que ha sufrido la zona y que es compartido en toda Mallorca, la inevitable saturación turística veraniega y la locura del alquiler de temporada de los meses de julio y agosto, que lo cambia todo en la Colònia de Sant Jordi y llega, en volumen y precios, a un nivel absurdo no observado en otras zonas.
Durante la primera semana de agosto, la popular Gelateria Colonial, una institución de la Colònia de Sant Jordi que nació en los primeros ochenta y que, en los meses de verano, recibe a diario riadas de ciudadanos frente a su mostrador en busca de una de sus exquisiteces artesanas, cesó un par de días su actividad por una avería en su maquinaria. Y dejó huérfanos, aunque fuera temporalmente, a cientos de residentes y veraneantes que tuvieron que privarse de una de sus costumbres más celebradas. Pensé entonces en los grandes cambios que ha sufrido el núcleo turístico de ses Salines en los últimos cincuenta años y, sobre todo, en los pocos referentes que van quedando en pie tal como eran. Seguramente, por los propios efectos del paso del tiempo, el crecimiento urbanístico desmesurado que ha sufrido la zona y que es compartido en toda Mallorca, la inevitable saturación turística veraniega y la locura del alquiler de temporada de los meses de julio y agosto, que lo cambia todo en la Colònia de Sant Jordi y llega, en volumen y precios, a un nivel absurdo no observado en otras zonas.
Cada regreso a la Colònia de Sant Jordi me invade la misma sensación de pérdida. Y, junto a la alegría de ver de nuevo a los amigos de toda la vida, siento también el dolor de no reconocer casi nada a mi alrededor, más allá de la hermosa iglesia que diseñó Antonio Alomar en 1969, con sus pinos retorcidos en el exterior y sus tapareres, la panadería Pons, el supermercado Miguel, el restaurante Marisol, la hamburguesería D-2, el eterno bar Pingüino, el faro negro y el horizonte con Cabrera al fondo. El núcleo turístico que era posible cruzar de punta a punta en invierno sin toparte con más coche que el de la Guardia Civil es hoy un aparcamiento en superficie saturado y sucio por los problemas en la recogida de basura puerta a puerta. Y donde incluso la hermosa salida al mar de Cala Galiota ha sido invadida con un beach club con ínfulas.
Casi como único atractivo de la zona quedan las playas vírgenes, gracias a la familia March y su finca de s’Avall, que ha actuado como reserva natural y muro de contención contra el desarrollismo. De otra forma, el crecimiento urbanístico habría llegado, seguro, hasta el Cap de ses Salines y la Colònia de Sant Jordi ya sería una ciudad de vacaciones. Al otro lado, la todavía bella playa del Marqués va perdiendo cada año arena y su línea de costa va retrocediendo a pasos agigantados, pese a ser el primer estadio del parque natural de es Trenc que ahora amenaza el Govern.
Suscríbete para seguir leyendo