Shakira ha vuelto a Madrid con hambre. Ocho años después de su último concierto, la artista no ha regresado para recrearse en lo que fue ni para pasear sus grandes clásicos. Ha venido a morder. A demostrar que todavía puede tensar un estadio hasta dejarlo sin aire. Todo lo que ha vivido estos años, lo bueno y lo peor, ojo, le han servido de combustible. Y se nota. Hay artistas que administran su leyenda. Shakira, en cambio, está empeñada en seguir agrandándola. Anoche lo hizo con una exhibición descomunal, física y musicalmente afilada, en la que apenas concedió tregua a las 55.000 personas que se plantaron en el Iberdrola Music. Y lo más salvaje es que aquello no fue una despedida ni una fecha aislada. Era sólo el principio: el primero de los 12 conciertos que dará en la capital. La loba aulló. Y su manada enloqueció.
Shakira ha vuelto a Madrid con hambre. Ocho años después de su último concierto, la artista no ha regresado para recrearse en lo que fue ni para pasear sus grandes clásicos. Ha venido a morder. A demostrar que todavía puede tensar un estadio hasta dejarlo sin aire. Todo lo que ha vivido estos años, lo bueno y lo peor, ojo, le han servido de combustible. Y se nota. Hay artistas que administran su leyenda. Shakira, en cambio, está empeñada en seguir agrandándola. Anoche lo hizo con una exhibición descomunal, física y musicalmente afilada, en la que apenas concedió tregua a las 55.000 personas que se plantaron en el Iberdrola Music. Y lo más salvaje es que aquello no fue una despedida ni una fecha aislada. Era sólo el principio: el primero de los 12 conciertos que dará en la capital. La loba aulló. Y su manada enloqueció.
“No puedo creer que esté aquí. Así son los sueños. Esto una prueba del amor que me han dado durante tantos años. Les voy a dar lo mejor que tengo”, gritó poniendo al público en efervescencia. Estuvo hipnótica. Desde que apareció no paró quieta. Cruzó el escenario de punta a punta, se retorció, golpeó el suelo y se dejó caer entre sus bailarines. Apenas hubo tregua entre canciones. Shakira enlazó coreografías con desfiles y guitarras con caderazos. Todo ocurría deprisa, pero nunca atropellado. Incluso los temas que llevan años petándolo encontraron una nueva vida dentro de este vértigo. Estoy aquí, por ejemplo, dejó de ser una postal de sus comienzos para convertirse en la prueba de cuánto camino ha recorrido. Inevitable, por su parte, desenterró a la rockera que la convirtió en fenómeno continental. Y, cuando tocó bajar el pulso, con Antología, supo hacerlo sin que la multitud se desenganchara. Ahí estuvo una de las virtudes de la velada: mantener la tensión durante dos horas y media sin perder fuelle. Shakira se adueñó de las tablas con una ferocidad que hizo parecer espontáneo hasta el gesto más ensayado.
Bailó como si tuviera una deuda pendiente con la gravedad: mezcló champeta, salsa, rock, pop y reguetón, dejando claro que sus movimientos no acompañan al espectáculo, son parte fundamental de él. De hecho, ha logrado que sus caderas sean reconocibles antes incluso de escuchar cualquier nota. Ojos así fue puro embrujo. Brazos y miradas se alinearon para recuperar a la Shakira más felina, esa que lleva décadas haciendo de la danza oriental una extensión de su cuerpo. Después llegó Suerte y el recinto se vino abajo. Pocas letras necesitan tan poco para incendiar a tanta gente. Con Waka Waka, aquello terminó convertido en una fiesta gigantesca. Aunque el zarpazo definitivo vino después: en Can’t Remember To Forget You se sentó tras la batería y descargó toda la energía acumulada a baquetazo limpio. Una escena breve, pero suficiente para recordar que, cuando quiere, también sabe salirse del guion. A sus 49 años ya no canta igual, lo hace como alguien que sabe exactamente quién es. Hay menos ingenuidad y mucha, mucha, mucha más autoridad.
Ahí es donde el espectáculo crece de verdad. No por el tamaño de las pantallas ni por la altura de las llamaradas, sino porque Shakira consigue que una producción así no se la coma. La banda ayudó. Y mucho. Logró que sus himnos no acabaran sonando como versiones hipertrofiadas de sí mismos. Su voz, además, encontró su lugar cuando dejó de competir con el aparato visual. Estuvo férrea, pero también vulnerable. Y ese contraste sostuvo la noche: la mujer que rugió en Loba es la misma que bajó la guardia en Acróstico. Y eso la hizo extraordinaria. No parece haber enterrado ninguna de sus versiones anteriores, las ha ido acumulando. Por ello, precisamente, salta de una etapa a otra sin que aquello parezca un álbum de recortes.
Un Macondo multicolorFuera del escenario, el delirio tomaba Macondo Park. Para llegar hasta Shakira había que atravesar el parque temático que ha levantado a su alrededor. La colombiana no se ha conformado con plantar un estadio en Villaverde: ha construido su propio Disneyland latino, una ciudad efímera de 150.000 metros cuadrados que convierte las horas anteriores al concierto en parte de la experiencia. Sus ocho pabellones han materializado buena parte de su imaginario: literatura, moda, arte, gastronomía, música... El nombre mira inevitablemente hacia Gabriel García Márquez y su realismo mágico. Entre banderas mexicanas, argentinas, venezolanas, ecuatorianas y españolas, entre otras, por momentos, costaba recordar que aquello seguía siendo el sur de Madrid. Durante estas semanas, además, pasarán por allí Amaia, Nathy Peluso, Ángeles Toledano, Ortiga y Yerai Cortés. Este viernes, fue el turno de Guitarricadelafuente. Asimismo, cada jornada se calienta con una marcha inspirada en el carnaval de Barranquilla.
La fantasía tuvo un peaje bastante menos mágico: mover a 55.000 almas hasta allí no es tarea sencilla. En determinados momentos aparecieron aglomeraciones para acceder a los pabellones y se formaron cuellos de botella en todos los cruces. Hubo colas kilométricas para todo. Y falta de organización. Lo que despertó las quejas de numerosos asistentes. También la salida obligó a armarse de paciencia. El Ayuntamiento había preparado un dispositivo especial de movilidad y, pese al despliegue previsto de Metro, Cercanías y lanzaderas, el volumen de público dejó momentos mejorables. Son las costuras aún visibles de un proyecto que tendrá 11 oportunidades más para pulirse. Porque éste no es un concierto al uso: aquí se pasea, se come, se curiosea, se baila y se lee desde primera hora de la tarde. Shakira quería que el viaje arrancase mucho antes de que ella pisara el escenario. Y semejante ambición necesita también que todo lo que la rodea funcione con la misma precisión.
Colmillos fueraBasta mirar los números para entender la dimensión de la residencia. Las Mujeres Ya No Lloran World Tour ha superado los 421 millones de dólares de recaudación y los 3,3 millones de asistentes, pulverizando el récord de facturación para una gira de un artista latino. Su sesión con Bizarrap volvió a colocarla en el epicentro de la cultura popular cuando llevaba más de 30 años de carrera. Todo un hito. Entre medias, España fue escenario de una ruptura convertida en acontecimiento mundial y también de sus litigios con Hacienda: en 2023 alcanzó un acuerdo en el procedimiento penal relativo a los ejercicios de 2012 a 2014 y, este año, además, obtuvo una resolución favorable de la Audiencia Nacional en otro conflicto distinto, referido a 2011, que obligaba a devolverle 60 millones de euros. Shakira ha regresado al país donde vivió buena parte de todo aquello. Pero ha hecho algo bastante más inteligente que quedarse atrapada en ello: lo ha convertido en música.
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Por ello, tras el apoteósico cierre con BZRP Music Sessions #53, con todo el recinto saltando, la sensación no fue la de haber asistido a un homenaje nostálgico. Shakira podría haberse limitado a sacar brillo a sus trofeos y disfrutar del aplauso. Le sobran canciones para hacerlo durante otras tres décadas. Pero no quiso acomodarse. Ni un segundo. Prefirió apretar los dientes y lanzarse al vacío en cada una. Actuó con una urgencia extraña, como si aún tuviera que convencer a la última persona del estadio. Estiró su legado, masticándolo con gusto. “Mi vida no ha sido fácil en los últimos años. Nadie se salva de las caídas, pero nosotras hemos aprendido a levantarnos un poco más fuertes”, confesó. Shakira estuvo soberbia, con los colmillos fuera. La loba ha vuelto. Y, visto lo visto, ojo, sigue teniendo hambre. Mucha.
Fuente: El Periódico de España