El problema es suponer que esas inversiones llegarán inmediatamente. Leer más
La Primera Guerra Mundial evidenció la urgencia de contar con métricas, estadísticas y datos para planificar el rumbo hacia donde nos encaminábamos. Bombas aquí y allá, pero había que saber cuántos cañones fabricar, cuántos soldados mandar al frente y cuántos quedaban para producir alimentos. La guerra nos enseñó que, si pensábamos en el futuro, debíamos pensar el presente con datos. Más de un siglo después seguimos haciendo lo mismo: miramos los datos de hoy para entender hacia dónde vamos mañana.
Un viaje, una salida, formar una familia. Todas esas expectativas están atravesadas por sumas, restas y divisiones: cuánto gastar, cuánto ahorrar, cuánto podemos destinar. En otras palabras, pensamos el futuro en términos económicos ¿Y cómo es ese futuro económico? Hoy los datos muestran un país donde algunos sectores avanzan mientras otros quedan rezagados. Una economía que suele describirse en forma de “K”: por un lado despegan el petróleo, el gas y la minería; por el otro, la industria, la construcción y el comercio atraviesan una realidad completamente distinta.
El problema es suponer que esas inversiones llegarán inmediatamente
Sin embargo, creo que la idea de una economía en “K” se queda corta. El problema no es solamente que algunos sectores suban mientras otros bajan, sino que no lo hacen a la misma velocidad, no tienen los mismos tiempos y tampoco generan el mismo impacto sobre la economía.
La minería y el petróleo tienen un problema que muchas veces queda escondido detrás de los grandes anuncios de inversión: los tiempos. No alcanza con decir que van a entrar miles de millones de dólares. La pregunta es cuándo entran, cuándo empiezan a producir y cuánto tarda esa inversión en impactar realmente sobre la economía. Particularmente en minería, hablamos de proyectos que pueden necesitar años de maduración y que, durante ese tiempo, requieren reglas estables, acceso a divisas e insumos y condiciones para sostener la inversión.
En un país atravesado históricamente por crisis externas, restricciones cambiarias y cambios en las reglas de juego, creer que podemos proyectar diez años hacia adelante como si nada pudiera pasar resulta demasiado ingenuo. Esto no quiere decir que Argentina no tenga que desarrollar la minería, Vaca Muerta o sus recursos naturales. Claro que tiene que hacerlo. El problema aparece cuando pretendemos que esos sectores se conviertan prácticamente en nuestro único motor de desarrollo.
Porque los tiempos no son los mismos. Podemos tardar años en poner en marcha un gran proyecto minero, pero una fábrica puede bajar la persiana en un día. Además, Argentina tampoco corre sola esta carrera. Otros países de la región compiten por los mismos capitales. Tener petróleo, gas, litio o cobre debajo del suelo es una ventaja enorme, pero no garantiza automáticamente las inversiones.
Entonces, el problema no es desarrollar minería o petróleo. El problema es suponer que esas inversiones llegarán inmediatamente y alcanzarán para compensar todo aquello que puede perderse mientras esperamos. ¿Y mientras esperamos, qué ocurre con el resto?
En julio, la industria manufacturera utilizó apenas 58,2% de su capacidad instalada. La construcción y el comercio tampoco logran consolidar una recuperación: en julio, la construcción cayó 4,5% interanual y 4,6% respecto del mes anterior, mientras que las ventas reales de supermercados acumularon una caída del 2,7% durante los primeros siete meses del año.
Acá aparece el dato que, para mí, cambia completamente la discusión. No estamos hablando de sectores marginales: comercio, industria manufacturera y construcción concentran aproximadamente el 37,5% del empleo urbano. Es decir, casi 4 de cada 10 trabajadores están directamente vinculados a estas actividades.
Por eso, no estamos hablando solamente de qué sector va a exportar más dentro de diez años. Estamos hablando de empleo y de una tensión que el programa económico todavía tiene que resolver. Desde el primer momento, el Gobierno colocó al equilibrio fiscal como uno de los pilares de su programa, pero nuestra estructura tributaria depende fuertemente de la actividad y del consumo.
Si una parte importante de la economía doméstica permanece deprimida, se produce menos, se vende menos y la recaudación disminuye. Entonces, sostener el objetivo fiscal exige compensar esa diferencia con más actividad, otros ingresos o una nueva contención del gasto.
Porque para sostener el programa también se necesita actividad, empleo y recaudación, y todo eso tiene que suceder antes de que terminen de madurar las grandes inversiones que hoy aparecen como la apuesta hacia el futuro. Ahí es donde, para mí, la idea de la “K” empieza a romperse: una de sus patas puede necesitar diez años para alcanzar todo su potencial, mientras que la otra no necesita diez años para caer.
Ese es el verdadero problema: que los tiempos de la estabilización, del empleo y de las nuevas inversiones no coincidan. Entonces volvemos al punto con el que empezamos: los tiempos. La pregunta es qué hacemos durante esos diez años, porque el desarrollo no consiste solamente en descubrir en qué sectores tenemos ventajas comparativas y esperar a que maduren.
Por eso, más que discutir si la economía argentina tiene forma de “V”, de “L” o de “K”, quizás deberíamos hacernos una pregunta bastante más sencilla: ¿qué estructura productiva estamos construyendo para la Argentina de los próximos diez años?
Porque los datos no solamente sirven para describir el presente. También sirven para advertirnos sobre el futuro. Y ese futuro no debería mirarse únicamente por los sectores que logren despegar, sino también por cuántos pueden quedar en el camino mientras esperamos que lo hagan.
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