Perros y gatos reconocen palabras, tonos y asociaciones que aprendemos a repetir cada día, aunque entender una orden o un nombre está muy lejos de comprender una conversación humana completa
Preguntarle a un perro si quiere salir, contarle a un gato lo mal que ha ido el día o decirles que son “los más buenos del mundo” forma parte de la convivencia cotidiana en muchos hogares. De hecho, con frecuencia hablamos con nuestros animales de compañía como si esperáramos una respuesta, aunque sepamos que buena parte del mensaje probablemente se pierde por el camino.
Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Psychiatry ha intentado medir por primera vez esas conversaciones tal y como suceden en la vida diaria. Los investigadores desarrollaron AURAL-Pet, un sistema para clasificar grabaciones espontáneas entre humanos, perros y gatos. Analizaron 5.072 fragmentos de audio de 240 participantes, registrando desde órdenes y preguntas hasta elogios, apodos o frases dirigidas al animal como si fuera otra persona.
Pero el trabajo estudia principalmente cómo hablamos nosotros, no cuánto comprende el animal. Para responder a esa segunda pregunta hay que combinar sus resultados con otros experimentos realizados específicamente sobre la comprensión de palabras.
Les hablamos como a animales… y también como a personasEn las grabaciones, los participantes hablaban directamente a perros o gatos en una media del 63,3% de los fragmentos en los que había un animal de compañía presente. Aproximadamente una cuarta parte incluía alguna orden, un 18,7% contenía preguntas y en un 27,1% aparecía ese registro especial que muchas personas adoptan con sus animales: cambios de tono, habla más lenta o vocales exageradas.

Además, en un 18,2% de esos momentos aparecía lo que los investigadores denominaron human substitute: hablar al animal como si fuese una persona, incluyendo comentarios sobre planes, pensamientos propios, el tiempo o asuntos que iban mucho más allá de necesidades como comer o salir.
Eso no significa que los científicos hayan determinado qué parte de esas frases entiende un animal de compañía. De hecho, decidir qué contenido es “demasiado complejo” para un animal resultó una de las categorías más subjetivas del propio sistema de codificación.
Los perros sí pueden relacionar algunas palabras con su significadoEn perros tenemos evidencias más directas. Un experimento publicado en Current Biology utilizó electroencefalografía mientras los animales escuchaban el nombre de objetos que conocían. Después, sus dueños les mostraban unas veces el objeto correcto y otras uno diferente.
Cuando palabra y objeto no coincidían, el cerebro del perro mostraba una respuesta distinta, comparable temporalmente con una señal cerebral utilizada en humanos para estudiar incongruencias semánticas. El efecto era además mayor con las palabras que, según sus dueños, el perro conocía mejor.
Esto sugiere algo más interesante que responder mecánicamente a “pelota” porque después llega un premio: al menos con determinados términos familiares, la palabra parece activar una representación mental del objeto.
Otros estudios cerebrales han mostrado también que los perros pueden procesar por separado parte de la información contenida en las palabras y en la entonación. Una palabra de elogio y el tono con el que se pronuncia no son exactamente la misma señal para su cerebro.
Los gatos tampoco oyen simplemente un ruido indiferenciadoLa evidencia en gatos es menor, pero cada vez más reveladora. Un estudio demostró que los gatos domésticos pueden distinguir su propio nombre de otras palabras, incluso cuando lo pronuncia una persona desconocida. Eso demuestra discriminación, aunque reconocer un patrón sonoro no equivale por sí mismo a comprender un nombre como lo hacemos nosotros.

Experimentos posteriores fueron un paso más allá. Algunos gatos domésticos asociaban el nombre de otro gato con su rostro: cuando escuchaban un nombre y después aparecía una cara que no correspondía, miraban durante más tiempo, una señal de que esperaban otra imagen.
Y en 2024 otro trabajo mostró que podían formar rápidamente asociaciones entre palabras inventadas pronunciadas por humanos e imágenes después de exposiciones muy breves. El experimento demuestra aprendizaje de asociaciones sonido-imagen, no que los gatos hayan adquirido vocabulario comparable al humano.
Entender “pelota” no es entender una conversaciónAhí está la frontera que conviene no cruzar. Reconocer una palabra, relacionarla con un objeto o aprender que determinado sonido anuncia comida no significa comprender la gramática, las intenciones abstractas o el significado completo de una frase.
Además, el nuevo estudio AURAL-Pet ni siquiera pudo diferenciar de forma fiable entre perros y gatos en muchas grabaciones cuando el animal no ladraba o maullaba, por lo que no permite afirmar que una especie reciba conversaciones más complejas que la otra.
La imagen que deja la investigación acumulada es más matizada: perros y gatos no escuchan nuestra voz como un simple ruido. Pueden extraer palabras familiares, tono, contexto y asociaciones aprendidas. Lo que no sabemos —y probablemente exageramos cuando hablamos con ellos— es cuánto sobrevive cuando pasamos de “vamos”, “comida” o un nombre conocido a contarles una historia entera.