El libro de Jerónimo Andreu no juzga a la revista ni a sus muchas contradicciones: podía ser al mismo tiempo moderna y machista, rigurosa y sensacionalista
Hay revistas que se pierden en el olvido en cuanto desaparecen del quiosco y otras que sobreviven a su propia muerte hasta convertirse en parte de la memoria de un país. Interviú pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Fue el territorio donde, en los balbuceos de una democracia que nadie daba por asegurada, convivieron el destape y la política, el mejor periodismo de investigación y el morbo más arrabalero. El libro de Jerónimo Andreu reconstruye aquel mundo con la solidez de una investigación que evoca y da voz a los protagonistas, y con una fluidez narrativa y una amenidad que constituyen sus principales virtudes.
Mi memoria de Interviú va un poco más allá de la del lector que fue testigo de sus momentos de gloria. Cuando empecé a trabajar como abogado, en el despacho se llevaban asuntos penales del Grupo Z y tuve ocasión de intervenir en procedimientos por injurias, calumnias y cuantos delitos relacionados con el escándalo público puedan imaginarse. Aquello permitía contemplar desde los tribunales una de las características esenciales de la revista: su disposición a ignorar fronteras que los demás medios contemplaban con prevención, si no con terror.
No puedo olvidar el asesinato de los marqueses de Urquijo y una portada que titulaba “Los asesinos con nombres y apellidos”, acompañada de fotografías de personas que ni siquiera habían sido imputadas; o las denuncias contra Lib por el consultorio de Susana Estrada, donde podían encontrarse unas procacidades que hoy resultarían impublicables, aunque no sé si esto último debe considerarse necesariamente un progreso. Una sociedad puede haber ganado en respeto hacia los demás –siempre que hagamos abstracción del albañal digital– y, al mismo tiempo, haber perdido capacidad para tolerar la provocación, la vulgaridad o, incluso, el mero mal gusto.
La revista fue hija de la contradicción de una España que quería ser moderna antes de haber dejado de ser franquistaEs esa mezcla de audacia y miserias la que hace tan difícil juzgar hoy Interviú, desde los desnudos “robados” hasta cierta visión beatífica del terrorismo que aún persistía en algunos sectores de la izquierda antifranquista. Por sus páginas pasaron periodistas de leyenda y todavía cuesta entender que pudieran convivir en ellas Vázquez Montalbán y Yale, Margarita Landi y Xavier Vinader, Julián Lago y Luis Cantero: popes de la crónica más rigurosa de la mano de aquellos para quienes los límites entre información, denuncia y espectáculo no eran más que ensoñaciones elitistas. Sin olvidar, naturalmente, el carácter profundamente machista de la revista y la conversión del cuerpo femenino en su mercancía de escaparate.
Andreu no intenta resolver esa contradicción, y hace bien. Su mérito consiste en devolver la revista al momento histórico en que existió, sin convertirla en una pieza de museo ni someterla retrospectivamente a un único juicio moral. Interviú podía ser al mismo tiempo moderna y machista, valiente y temeraria, rigurosa y sensacionalista. La dificultad consiste en no quedarse con una sola de esas versiones.
El título merece un comentario aparte. Los desnudos y los muertos remite inevitablemente a la célebre novela de Norman Mailer, aunque la fórmula que utiliza Andreu procede, en realidad, de Vázquez Montalbán, que la empleó para describir la convivencia en Interviú de los cuerpos femeninos y los reportajes más truculentos. La coincidencia con Mailer resulta demasiado potente como para ignorarla. En Mailer, desnudos y muertos pertenecen al universo de la guerra; en Interviú, el cuerpo deseado y el cuerpo profanado forman parte de un combate a muerte contra el pasado.
Al final, quizá Interviú interese menos por sus desnudos o por sus muertos que por la clase de país que los necesitaba en las mismas páginas. Era una España que quería ser moderna antes de haber dejado de ser franquista, que descubría la libertad mientras conservaba buena parte de sus viejos prejuicios y que confundía a menudo la transgresión con la ausencia de límites. La revista fue hija de esa contradicción y también uno de sus agentes. Andreu la recuerda sin absolverla ni condenarla, que es probablemente la mejor manera de acercarse a ella. Porque Interviú fue una revista que, para conquistar la libertad, tuvo que venderla en cueros.
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Jerónimo Andreu Los desnudos y los muertos Península, 464 páginas, 21,90 euros
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