Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y también dicen que esta frase tiene diferentes orígenes. La voz popular la atribuye a un proverbio chino o directamente a Confucio, evidentemente con variaciones, hablando más de ver las cosas que de que te las cuenten, lo que remite a santo Tomás, cuando en el Evangelio de san Juan le dicen que Jesús ha resucitado y él no lo cree hasta que lo tiene ante sus ojos.
Así pues, este pensamiento es bastante antiguo, pero cuando realmente se popularizó fue a principios del siglo XX en Estados Unidos, con la consolidación del periodismo y el estallido de la publicidad. No entraré a fijar su paternidad, ardua tarea, pero fue entonces cuando esta idea triunfó. Era el momento incipiente en el que la fotografía aparecía en periódicos y anuncios, y eso hizo aún más popular la frase en todas sus variantes: “Una mirada vale más que mil palabras”, “ Verlo para creerlo”, “Mejor verlo que te lo expliquen”, etcétera. La atribución a Confucio parece que fue una estratagema de uno de aquellos pioneros de la publicidad, que la hizo correr para dar más peso a la frase.
Un pionero de la publicidad atribuyó la frase a Confucio para darle más pesoSi no hablamos de palabras dichas, sino de palabras escritas, todo cambia. No es hasta la segunda mitad del siglo XX que la alfabetización avanza, con diferencias notables según las regiones de la Tierra. Por lo tanto, antes la imagen servía para decir cosas.
Durante muchos siglos y guerras desde la edad moderna hasta la contemporánea, la singularidad orográfica de Puigcerdà causó que la capital de la Cerdanya pasara a menudo de soberanía española a soberanía francesa y viceversa. Para hacer saber a la ciudadanía que había habido un cambio de jurisdicción, las autoridades sacaban a la calle un retrato del rey correspondiente. Con una imagen, todo el mundo quedaba enterado.
Mucho más actuales son, según explican, los vestidos de color pastel a juego con el sombrero con que se presentaba en público la reina Isabel II de Inglaterra, con el objetivo de que, en medio de la multitud, la gente pudiera identificar con rapidez su figura aunque estuviera lejos.
Que de entre las primeras escrituras haya ideogramas y jeroglíficos no es casual; son fruto del intento de sintetizar las palabras en imágenes. Como el caso de los escudos hablantes. El nombre de Canet de Mar, por ejemplo, hace referencia a un lugar de cañas y, en cambio, en el escudo hay unos perros. Y Llançà proviene de un antropónimo romano y, en cambio, en el escudo hay tres lanzas. Pero no se trata de error alguno, era un recurso para que quien lo viera, interpretando esa especie de jeroglífico, entendiera que, si había canes, era el escudo de Canet, y si eran lanzas, era el de Llançà. Escudos hablantes.

Redactor de Cultura y coordinador de los libros de estilo de las ediciones en castellano y en catalán del diario. Profesor asociado de la UPF y miembro de la Secció Filològica del IEC
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