Veo al Pontífice León cada día más preocupado (y con razón), por el relativismo y el materialismo que parece haberse adueñado del Occidente entero en nuestro siglo XXI. De ahí sus constantes referencias y alertas, desde el inicio del pontificado, ante el creciente poder del gran capitalismo financiero y tecnológico que han llevado a la nueva cultura del descarte, donde la libre competencia del liberalismo clásico ha sido sustituida por una plutocracia que no reconoce el valor de la persona concreta sino sólo la abstracción de los grandes números. De ahí también las constantes llamadas de Prevost a la lectura de los textos canónicos del cristianismo que nos ayudan a “discernir “ sobre el “signo de los tiempos”. Y así, al hablar de los tiempos y las épocas el Obispo de Roma recupera una antigua expresión cristiana hoy caída en el olvido: “Dios, el Señor de la Historia”.
Es de sobra conocido el comentario de Einstein cuando rechazaba las teorías de la mecánica cuántica sobre las leyes del Cosmos: “Dios no juega a los dados”. Cierto, pero me atrevo a imaginar que quizás sí juegue al ajedrez sobre el tablero de la Historia Universal. El Señor de la Historia juega contra el mal, el dolor, la mentira y la muerte; Muerte que en apariencia siempre gana la partida. Uno recuerda aquella maravillosa película de Bergman, El séptimo sello, y la partida de ajedrez entre el caballero que regresa de las Cruzadas y la Muerte que, como no podía ser de otra manera, se lleva al caballero con ella. Victoria cantada de la Canina. Sin embargo, los cristianos pensamos que al final del juego ganará Dios; aunque eso no significa que no existan jugadas difíciles en las que el Maestro del juego esté a punto de tirar la toalla, y esto parece que puede ocurrir en el siglo XXI. Ya vivió la Iglesia en su Historia momentos difíciles que hacen comprensible la insistencia del actual Pontífice en la necesidad de discernimiento ligado a descifrar “el signo de los tiempos”, pues el no hacerlo así puede llevar al catolicismo, como en tiempos de Pío IX, Pío X, e incluso Pío XII, a meterse en callejones sin salida. Recordemos, por ejemplo, a Renán, (1823-1892), piadoso seminarista en el seminario de Saint Sulpice, y luego un agnóstico sabio que perdió la fe al comprobar que el Antiguo Testamento –que la Iglesia de su época obligaba a tomar al pie de la letra–, estaba lleno de errores históricos, leyendas y mitos. Son cosas y casos posibles, pienso, pues Dios ha dado al hombre plena libertad en su toma de decisiones, libre albedrío.
Dios mueve las piezas sobre el tablero, si bien el alfil, la torre, los caballos, los peones, pueden decir “no” a la mano Divina, e incluso el humilde peón puede moverse hacia un lado en lugar de hacia al otro decidido por la Deidad: el resultado final cambia.
Jugar a los dados es dejarlo todo al azar, y al azar recurre el cientifismo materialista para explicar el origen de la vida y de la inteligencia humana: miles de billones, un número casi infinito, de casualidades encadenadas sin que falte un solo eslabón. Imposible. Y no obstante el adelanto de la ciencia y la tecnología va a hacer posible cualquier día la creación de vida en el laboratorio. ¿Una catástrofe para las grandes religiones? Es el miedo de algunos teólogos ante la velocidad que están alcanzando las aplicaciones tecnológicas. En realidad, esos teólogos deberían alegrarse porque la creación de vida en el laboratorio lo que demuestra es que para crear vida es necesaria una inteligencia exterior: en el laboratorio la inteligencia de los científicos, y en el cosmos, para la emergencia de la vida, ya me dirán ustedes cuál pueda ser esa previa inteligencia exterior. En cuanto al emerger de la inteligencia por obra del hombre la cosa va para largo, si es que va; de momento la famosa IA nada tiene que ver con la inteligencia.
En suma, si hay que elegir prefiero la racionalidad del jugador de ajedrez al azaroso rodar de unos dados locos.
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