17/09/2026 a las 18:43h.
No, Skynet no se va a despertar la semana que viene, mirar a su alrededor y decidir que sobramos. No habrá un Terminator llamando a la puerta ni un ejército de robots desfilando por nuestras calles. Lo digo de entrada, porque estos días parece que el fin del mundo tiene fecha. Y la han puesto, curiosamente, quienes fabrican la máquina. Lamentablemente creo que está más cerca el fin del mundo por culpa nuestra y nuestra falta de humanidad con el prójimo, que por máquinas que se rebelan.
Dos llamamientos han saltado a todos los medios y han agitado el miedo. Quieren que vivamos en un estado de shock permanente. La primera, el aviso apocalíptico. El 12 de septiembre, Dario Amodei director general de Antrophic publicó un ensayo pidiendo a las empresas de inteligencia artificial que frenaran su desarrollo para que la seguridad pudiera ponerse al día. Llegó después de que un investigador de la compañía dimitiera afirmando que quienes desarrollan esta tecnología creen de verdad que podría acabar con todos nosotros antes de que termine la década. La segunda, la petición de que les regulen. Amodei, Sam Altman y Elon Musk han reclamado más supervisión gubernamental, y Trump ha despachado esos intentos de limitar la tecnología como una «conspiración».
No tengo pruebas, pero tampoco dudas: detrás de las dos llamadas está el mismo motivo, no tan apocalíptico. Dinero. Pasta. Money.
¿Qué mejor argumento de venta que decir que tu producto es tan potente que podría acabar con la humanidad?
Empecemos por el apocalipsis. ¿Qué mejor argumento de venta que decir que tu producto es tan potente que podría acabar con la humanidad? Nadie avisa de que su microondas puede destruir el planeta. Si mi modelo es peligrosísimo, es porque es poderosísimo. Y si es poderosísimo, merece la siguiente ronda de financiación, esa con muchos ceros. El miedo cotiza. Los laboratorios necesitan cantidades de dinero nunca vistas para chips, centros de datos y energía. La amenaza existencial es el pitch perfecto: quien no invierta se queda fuera de la historia. Apuesta a jugada ganadora, mi IA es tan potente que no tiene competidor alguno.
Captura regulatoriaLa segunda jugada es más fina. ¿Desde cuándo una industria (y siendo tan poderosa y con el poder a sus pies) pide que la regulen? Desde que le conviene. Los economistas llevan medio siglo llamándolo captura regulatoria. Para quien ya está dentro, una regulación a su medida es un foso alrededor del castillo: auditorías, licencias y costes de cumplimiento que el recién llegado no puede pagar. Es como el ciclista escapado (o el lider de una vuelta) que pide a los comisarios adelantar la meta o que el último día no cuenten los tiempos para la general por un supuesto peligro en la carrera. Quien pide frenar cuando va en cabeza no está pensando en la seguridad del pelotón. Está pensando en que no le alcancen o que le nombren ya ganador sin disputar lo que reste de competición.
Y frenar también da aire. Las grandes están quemando millones sin haber encontrado todavía la manera de convertir esa inversión en beneficios. Una pausa «por responsabilidad» permite respirar sin reconocer que el ritmo de gasto es insostenible. Queda muy bien vestir de ética lo que también es tesorería, parar para no hundirse. Seguir corriendo encima del agua es peligroso, si paras te hundes, salvo que alguien te tire un flotador, o te deje subirte a su barco a descansar.
Los riesgos están en los sesgos que discriminan, desinformación a escala industrial, ciberataques automatizados, uso de nuestros datos sin control y concentración de poder en un puñado de empresas
Alguno dirá que esto es puro cinismo. Que hay personas que están investigando de forma seria y que llevan años alertando sin cobrar de ningún laboratorio. Y tienen razón: los riesgos existen. Pero los riesgos de verdad no llevan gafas de sol ni chaqueta de cuero diciendo «Sayonara, baby». Se llaman sesgos que discriminan, desinformación a escala industrial, ciberataques automatizados, uso de nuestros datos sin control y concentración de poder en un puñado de empresas. Ya están aquí, no necesitan ninguna conciencia artificial y se habla mucho menos de ellos, porque no dan titulares ni levantan capital.
En Europa, por cierto, el Reglamento de IA no habla de extinción. Habla de niveles de riesgo, de supervisión humana y de obligaciones concretas. Es menos cinematográfico, pero bastante más útil.
Así que tranquilidad. Skynet sigue dormido. Quien está bien despierto es el que cuenta los billetes. Por ahora, lo único que debería asustarnos es lo fácil que resulta vendernos el miedo.
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