El misterio de las estrellas
Hay platos que no necesitan presentación, sino respeto. Y luego está el bacalao con tomate de Casa Ricardo, que directamente exige una genuflexión gastronómica, como si uno entrara en la catedral del gusto castizo con más hambre que fe, pero con la devoción intacta.
Porque llega la Semana Santa —esa ópera barroca donde España se pone solemne, inciensa las calles y se acuerda, milagrosamente, de que existe la vigilia— y, entre paso y paso, entre lágrima y saeta, aparece el bacalao con tomate como ese penitente humilde que no hace ruido pero deja huella. Y si el viajero tiene un mínimo de criterio —o al menos buen olfato— acabará tarde o temprano en Casa Ricardo, donde el bacalao no es plato: es doctrina.
El ritual empieza antes de sentarse. Esa barra con solera, ese trajín de parroquianos que no vienen a experimentar, sino a confirmar, una vez más, que aquí se sigue comiendo como Dios manda —y nunca mejor dicho en estas fechas—. Porque mientras la modernidad gastronómica anda empeñada en deconstruir hasta el aire que respiramos, en Casa Ricardo han optado por la revolución silenciosa: no tocar nada. Y bendita decisión.
El bacalao llega sin artificios, sin espumas, sin nombres impronunciables. Bacalao. Tomate. Y a correr. Bueno, a correr no: a disfrutar despacio, que aquí no se viene con prisa ni con postureo de foodie ilustrado. Aquí se viene a mojar pan, a mancharse los dedos y, si uno tiene la decencia suficiente, a cerrar los ojos en el primer bocado. Porque ese tomate, señores, no es un acompañamiento: es una declaración de intenciones. Dulce, profundo, con ese punto de acidez que te recuerda que la vida no siempre es amable, pero al menos aquí sabe bien.
El bacalao, por su parte, está en su punto exacto de ternura y carácter. Ni deshecho ni correoso, como tantas veces ocurre cuando el cocinero se distrae o el producto es un impostor. Aquí no hay fraude. Aquí hay verdad. Y eso, en tiempos de carta inflada y cocina de laboratorio, empieza a ser casi revolucionario.
Resulta curioso cómo en pleno siglo XXI, rodeados de gastrobares con nombres en inglés y platos que parecen diseñados por un arquitecto con hambre, uno acaba encontrando la felicidad en algo tan simple como esto. Bacalao con tomate. Viernes de cuaresma. Un trozo de pan. Y una taberna que no necesita reinventarse porque ya nació perfecta.
Quizá por eso Casa Ricardo sigue llena. No por moda, ni por algoritmo, ni por la recomendación de turno de algún influencer con más filtros que criterio. Está llena porque aquí la gente vuelve. Y vuelve porque sabe que, entre tanto ruido gastronómico, hay lugares donde todavía se cocina con memoria.
Así que sí, en esta Semana Santa uno puede perderse entre procesiones, torrijas y discursos de pureza culinaria. Pero si quiere entender de verdad qué significa comer bien —sin trampa, sin cartón y sin tonterías— que se acerque a Casa Ricardo. Pida bacalao con tomate. Y luego, si le queda algo de dignidad, que no aplauda: que repita.
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