Las plazas del parking de Cano y Cueto, las casetas de un módulo, las autopistas de Cádiz y Huelva, las localidades de la plaza de toros, el Museo de Bellas Artes... todo se ha quedado pequeño en esta Sevilla de inicios del siglo XXI
CON el ánimo aún veraniego, maqueado pero informal, acudí (previo pago de su importe, algo que no se estila en el gremio) al concierto en el Alcázar de la rentrée de la Sinfónica. Como era segundo día, además, me ahorré el desfile de políticos, figurones y demás fauna, de manera que me pude centrar en lo que de verdad importaba: la impecable ejecución al piano de Javier Perianes (ciudadano del antiguo reino de Sevilla) de las Noches en los Jardines de España, de Falla, y del Concierto para piano y orquesta en Sol mayor, de Ravel. Incluso un lego en música como el arribafirmante podía darse cuenta de que estaba asistiendo a algo especial. Lean la crítica que hizo el crítico musical de este periódico Pablo J. Vayón. En definitiva, gran noche en el Patio de la Montería, que es el salón de visitas de Sevilla. Uno no entiende por qué se prefirió cenar en la calle, por muy a los pies de la Giralda que sea, en vez de en esta gran plaza con una de las fachadas mudéjares más hermosas que existen, iluminada con gusto para la ocasión. Solo por el paseo desde la Puerta del León hasta las localidades, con esas dos ceibas en flor que, a modo de centinelas tropicales, dan las buenas noches al visitante, mereció la pena acudir a la soirée del Alcázar.
Pero aquí no hemos venido a regocijarnos, sino a quejarnos. Las localidades del concierto habían sido pensadas para pigmeos o tripulantes de tanques soviéticos. La estrechez era tal que apenas el respetable se atrevía a respirar. En descargo de los organizadores diré que es ya lo habitual. Da la sensación de que Sevilla sigue diseñada para los españolitos de otra época, de antes del Plan de Estabilización de 1959 y la democratización de la merienda abundosa. Si alguna vez ven en un museo una guerrera del general O’Donnell sabrán de lo que les hablo.
Es como si la ciudad hubiese encogido por un mal lavado o como si los sevillanos fuésemos Gullivers en una isla diminuta del Guadalquivir habitada por liliputienses flamencos. Casi todo se ha quedado pequeño, estrecho e incómodo en esta urbe: las plazas del parking de Cano y Cueto, las aceras con el colesterol de los veladores, los carriles de la AP-4 y la A-49, las gradas de la plaza de toros, las sillas de la peña Torres Macarena, las barras de los bares (cuando existen), las casetas de un módulo, la carrera oficial, el aeropuerto, Santa Justa, el Museo de Bellas Artes... ¿Cómo se las arreglarán esos guiris nórdicos, largos como un día sin pan, para estar cómodos en esta ciudad? Quizás por eso ahora quieren que vengan turistas orientales. Los de Oslo no caben.