Miedos, exceso de confianza, padres más nerviosos que sus hijos y una generación que llega al coche después de miles de horas frente a una pantalla
Enseñar a conducir requiere de buenos reflejos, mucha atención y una gran dosis de temple para rectificar a tiempo los errores que, como es normal, cometen quienes aspiran a conseguir el carnet. Una maniobra precipitada, una incorporación que podría haberse resuelto mejor o un cálculo demasiado optimista son situaciones habituales en las clases prácticas. Tras provocar esta situación de riesgo, es habitual que el alumno espete con pasmosa tranquilidad: “No pasa nada, está todo controlado”, aunque por dentro el susto aún no haya desaparecido.
Ana Maria Calvo, de Exit Autoescola, y Cristina Gurillo y Eva Alcoba, de Autoescuela Rodrigo, acumulan miles de horas sentadas en el asiento del copiloto para formar a los aspirantes a conductor. En ese tiempo han escuchado excusas imposibles, han acompañado a personas bloqueadas por el miedo y han presenciado situaciones que cualquiera que haya pasado por una autoescuela reconoce de alguna manera, aunque cada una tenga su propia versión.
Eva Alcoba
Profesora de autoescuela
Por mucho que cambien los coches o las generaciones, hay preguntas que siempre se repiten. Eva Alcoba, con una experiencia profesional de más de veinte años, asegura que las que formulan casi todos los alumnos en la primera clase práctica son: “¿Tú estás ahí, no? ¿Tú puedes coger el volante? ¿Tú me ayudas si pasa algo?”. Las palabras cambian ligeramente, pero la idea es siempre la misma.
Detrás del volante, el alumno descubre de repente que conducir implica algo más que arrancar un coche. “El mayor miedo suele ser ‘¿y si atropello a alguien?’. Es una preocupación que aparece constantemente, independientemente de la edad o del carácter de la persona”, asegura Alcoba.

Muchos alumnos llegan hoy con la sensación de conocer ya buena parte de lo que se van a encontrar. Han visto vídeos, tutoriales y simulaciones. Algunos incluso aseguran haber consumido horas y horas de contenido relacionado con la conducción antes de entrar en una autoescuela. “Eso puede ayudar, claro, pero luego hay que trasladarlo a la realidad de la circulación y no es tan sencillo”, explica Ana María Calvo.
Ana María Calvo
Profesora de autoescuela
La diferencia se nota especialmente cuando toca anticiparse a lo que ocurre en la carretera. “Hemos perdido un poco la costumbre de mirar lejos. Conducir exige interpretar lo que está ocurriendo más allá de lo que tienes delante del capó. Muchos alumnos ven perfectamente lo que tienen delante, pero les cuesta anticipar qué puede pasar unos metros más adelante. Y eso, en ciudad, es clave para tomar decisiones a tiempo”, asegura la formadora de Exit Autoescola.
Según ella, a esa sensación se suma otra bastante habitual: la idea de que todo el proceso puede acelerarse más de lo que realmente ocurre. “Hay quien llega convencido de que tendrá suficiente con unos pocos días. Conducir requiere coordinar muchas cosas al mismo tiempo, no es cuestión de sentarse en el coche una semana y dominarlo. Hace falta repetir situaciones, equivocarse y volver a intentarlo hasta que todo empieza a encajar”.

La marcha atrás es maniobra que suele poner a prueba incluso a quienes empiezan las clases con bastante seguridad. “Es la que más se les atraviesa”, explica Calvo. “Les cuesta entender qué ocurre cuando giran las ruedas y cómo responde el coche. Hay alumnos que avanzan con bastante soltura, pero cuando tienen que retroceder parece que todo se complica de repente”.
Ana María Calvo
Profesora de autoescuela
Las clases prácticas también dejan anécdotas. Los exámenes, directamente, alimentan otro tipo de historias que con el tiempo acaban casi convertidas en “leyendas” dentro de la autoescuela. Cristina Gurillo asegura que las explicaciones posteriores a algunos suspensos darían para más de una recopilación. “Hay alumnos que no ven un stop, un ceda el paso o un semáforo y, cuando termina el examen, te dicen completamente convencidos que esa señal no estaba allí”.
La profesora recuerda especialmente a quienes sostienen esa idea hasta el final. “Alguno ha llegado a decir que la acababan de poner esa misma mañana. Siempre bromeo con que debe existir una cuadrilla de operarios dedicada exclusivamente a cambiar señales el día de los exámenes”. Y esa misma mezcla de sorpresa y justificación aparece también cuando hay pequeños golpes o errores durante la prueba. “Recuerdo a un alumno que tocó un retrovisor durante una maniobra y se quedó muy sorprendido cuando le explicaron el resultado del examen. Me dijo: ‘No me pueden suspender por eso. Si ni siquiera lo he arrancado’”.

El examen tampoco se vive solo dentro del coche. Muchas veces, la tensión empieza incluso antes de arrancar. “Hay padres más nerviosos que los propios alumnos”, asegura Gurillo. “Algunos están preocupados porque aprendan bien y conduzcan con seguridad, pero otros viven pendientes de cuántas clases necesitarán o de cuánto costará si suspenden”.
Cristina Gurillo
Profesora de autoescuela
En ese punto, la profesora reconoce que hay situaciones que, con el tiempo, siguen llamándole la atención. “Muchas familias no dudan en gastar más de 1.300 euros en un teléfono móvil, pero a la hora de pagar la formación para conducir de sus hijos empiezan a verlo como un gasto elevado. Al final, todo depende de cómo se mire”.
Después de miles de alumnos, las tres profesoras coinciden en algo: nunca hay dos historias iguales. Eva Alcoba todavía recuerda al alumno que discutía cada corrección porque estaba convencido de que tenía razón. También al que parecía creer que seguía conduciendo por las calles de Londres y se empeñaba en circular por la izquierda. O al motorista que se subía al coche convencido de que ambos vehículos se conducen exactamente igual.
Son escenas que arrancan sonrisas cuando se recuerdan con el tiempo, pero que forman parte de algo más amplio que ocurre en cada clase práctica. Detrás de cada maniobra hay alguien enfrentándose a algo nuevo: al miedo a equivocarse, a la frustración de no acertar a la primera o a la responsabilidad de tomar decisiones que hasta entonces no había tenido que tomar.
“He aprendido la enorme capacidad que tiene la gente para superarse; he visto a personas que llegaban convencidas de que jamás conducirían solas y que terminaban disfrutando al volante”, confiesa Eva Alcoba, quien concluye que “Siempre digo que no enseño para aprobar un examen, sino para conducir”.