Pedro Mato tuvo un papel relevante en la Guerra de la Independencia contra los franceses gracias a su posición privilegiada
09/05/2026 Actualizado 10/05/2026 - 09:45h.
La toma de Astorga por parte de las tropas napoleónicas resultó ser un trabajo muy duro por parte de los franceses. Más de un mes le costó a los extranjeros derrotar a los maragatos, hecho que se recuerda con el nombre de la ciudad en el Arco del Triunfo de París.
Si alguien fue capaz de prolongar el asedio hasta el punto de que parecía que Astorga pudiera obrar el milagro fue Pedro Mato. Desde lo alto de la catedral, vislumbraba cómo los franceses movían sus tropas y ponía sobre aviso a los locales para que pudieran preparar su defensa.
O, al menos, eso creía el enemigo. Miles de balas y cañonazos fueron dirigidos hasta la posición de Pedro Mato, sin que nadie tuviera éxito en sus disparos. Uno de los soldados cogió especial inquina hacia su figura hasta el punto de que su misión en la guerra pasó a ser vigilar a quienes les vigilaban.
Este soldado, de refinado bigote, pasó días mirando hacia lo alto de la catedral. Estaba convencido de que ese hombre era la clave de la tardanza por terminar esta batalla.
Pero cuantos más días pasaba revisando sus movimientos, menos podía creer la resistencia y estoicidad del vigía. Nunca dormía. Nunca comía. Nunca abandonaba su posición, ni siquiera para hacer sus necesidades en alguna letrina.
Sus compañeros estaban convencidos de que no se trataba más que de una figura inerte, pero el bigotudo, que no se caracterizaba por ser el más audaz de la tropa, no cejaba en su empeño de aguardar una retirada de aquel hombre.
Derrota maragata
Sea como fuere, Astorga terminó por ser conquistada en abril de 1810 tras un mes de sitio. Mientras los franceses arrasaban la ciudad por cada rincón, el soldado de bigote tenía muy clara cuál era su afrenta y se dirigió sin más miramientos hacia la catedral.
Tras aporrear la puerta insistentemente, apareció tras ella un cura atemorizado. El francés le insistió en que le permitiera ir en busca del vigía, pero el clérigo no era capaz de adivinar a qué se refería.
Cansado de tanta charleta, el soldado irrumpió en el templo dispuesto a subir a su tejado. Le costó encontrar las escaleras que daban acceso a él, pero finalmente dio con ellas.
El bigotudo hombre se echó el fusil a la espalda y, ante la atónita mirada de maragatos y franceses, se encaramó a la torreta de la catedral. Sus ganas de plantar cara a su enemigo le hicieron trepar en un tiempo récord, algo que no era muy complicado debido a que no se recordaba en Astorga que a alguien se hubiera ocurrido desempeñar semejante locura.
El maragato se mantenía impasible, algo que irritó aún más al francés. Le propinó un golpe en la espalda con la culata de su fusil, con una fuerza con la cual su rival debería haberse al menos movido.
Por fin recapacita
Al no realizar ningún movimiento, el soldado se percató de que, tal y como creían sus compañeros, quien vigilaba desde lo alto de la catedral no era más que una estatua. Para cerciorarse de ello, le dio un nuevo golpe, pero esta vez, el francés atisbó cómo la figura giró levemente su cabeza para mirarle.
Tal fue el susto que se llevó aquel soldado que perdió el equilibrio y cayó desde lo alto de la torre. Toda la ciudad se encontraba mirando la escena y vio como daba con sus huesos en el suelo, lo que causó, evidentemente, su muerte.
Los maragatos celebraron la hazaña y mientras reían, gritaban: «¡Viva Pedro Mato! Hasta muerto ha acabado con un francés para proteger Astorga». Esta escena espoleó a los maragatos en su lucha y dos años después pudieron recuperar su ciudad.