La historiadora Eve MacDonald revisa lo que sabemos de Cartago en una obra fascinante que cuestiona las fuentes romanas para ofrecer una imagen más precisa y contrastada
Cartago. Una nueva historia de un antiguo imperio. Eve MacDonald. Trad. Abraham Gragera. Taurus. Barcelona, 2026. 392 páginas. 24,90 euros
Cerca de la moderna Túnez, las ruinas de la antigua Cartago no se corresponden con la ciudad que a lo largo de seiscientos años, entre los siglos IX y III a. C., ascendió desde su inicial condición de colonia fenicia a la de cabeza de un imperio que rivalizó con Roma y fue eliminado por la República itálica, en una cruenta lucha por la hegemonía que sería decisiva para la futura creación de su propio imperio. Todo lo que sabemos de Cartago ha llegado a través del relato de sus enemigos y esa mediación ha condicionado la perspectiva bajo la que contemplamos una realidad, la de la ciudad-Estado y el Mediterráneo occidental en esos siglos, más diversa y compleja, desde mucho antes de la irrupción de Roma. Es la bien fundada tesis de la historiadora y arqueóloga canadiense Eve MacDonald, autora de una monografía de referencia sobre el más famoso de los generales cartagineses, Hannibal. A Helenistic Life, que aborda en esta “nueva historia” una lograda síntesis donde opone ese relato heredado a los datos que resultan de los más recientes hallazgos de la arqueología y de una relectura crítica de las fuentes tradicionales.
Fundada por la “reina errante” Dido –o Elishat, en la lengua semítica de los fenicios– a la que Virgilio imaginó enamorada y abandonada por el héroe troyano en el viaje fundacional de la Eneida, la antigua colonia de Tiro proyectaría sus dominios a la península Ibérica, Baleares, Córcega, Cerdeña, Sicilia y un buen tramo de la costa norteafricana, hasta la Cirenaica griega. En el siglo VI a. C. la metrópoli y el resto de las ciudades fenicias de Oriente dejaron de ser autónomas, tras la conquista de los persas aqueménidas, y esa ruptura coincide con el mayor protagonismo de los cartagineses, aliados con los etruscos frente a los griegos en su competencia por el espacio estratégico, los puertos y las rutas. Como sus ancestros fenicios, los cartagineses eran diestros navegantes, creadores de las cuatrirremes y exploradores, según consta en el periplo de Hannón, “más allá de las columnas de Hércules”, al menos hasta Guinea y quizá, según Plinio, hasta el extremo de Arabia. En su panteón figuraban dioses como Baal Hammon, Melkart o el equivalente de Astarté, Tanit, patrona de la ciudad. Su constitución política, que mereció los elogios de Aristóteles, contaba con senado, asamblea y un gobierno de tipo republicano.
Los conquistadores culminaron la eliminación física con la apropiación de la memoria
Sicilia, escenario de la rivalidad entre griegos y fenicios occidentales, en alianzas cambiantes con los pueblos nativos, desempeña un papel fundamental en la historia, que se acelera en la “era de los señores de la guerra”. MacDonald presta especial atención a este contexto helenístico, el mejor documentado. Antes de las famosas Guerras Púnicas, tuvieron lugar el sitio de Cartago por Agatocles de Siracusa y las campañas de Pirro, primero en servirse de elefantes. Ante la pérdida de Sicilia y después de Cerdeña, los Bárcidas, Amílcar y su hijo Aníbal, fomentan la expansión en Iberia, donde la vieja Gadir ostentaba ya entonces el estatuto de ciudad más antigua de Occidente. La frontera entre Cartago y Roma queda fijada en el Ebro, se funda Cartago Nova, Aníbal vence en Sagunto y dirige sus pasos a Italia, al frente de una fuerza internacional que cruzó los Alpes y guerreó durante años. A la batalla de Cannas, gran victoria cartaginesa, le sucede la derrota definitiva en Zama, seguida de un periodo de paradójica prosperidad que acabó –como pedía el senador Catón en su frase proverbial– con la aniquilación completa.
Diferente pero no tan distinta, Cartago fue una sociedad tecnológicamente avanzada, de fuerte impronta multicultural –el elemento autóctono lo representaban los númidas o libios– y estrechamente ligada a otros pueblos del ámbito mediterráneo, con los que mantuvo relaciones comerciales, culturales y de todo tipo, incluidos los vínculos amistosos o clientelares con el patriciado romano. Una vez destruida, se convirtió en “parte del tejido mismo de Roma”, que imprimió un sesgo épico y moral a la despiadada victoria, maldijo el arrasado solar de la ciudad y ya en tiempo del emperador Augusto, un siglo después de la caída, levantó la colonia que usurpó su nombre, en la nueva provincia romana de África. De este modo nada ejemplar, los conquistadores culminaron la eliminación física de Cartago con la apropiación de su memoria.
Más allá de su huella en la literatura antigua, de la mano de comediógrafos como Plauto, poetas como Virgilio o Silio Itálico e historiadores como Tito Livio, Polibio, Diodoro Sículo, Apiano o Plutarco, todos ellos importantes en la transmisión de la historia de Cartago, su pervivencia en el imaginario de Occidente debe mucho a las recreaciones modernas de piezas como el drama en verso Dido, reina de Cartago (1594) de Christopher Marlowe o la ópera, maravillosa, Dido y Eneas (1689) de Henry Purcell, pero quizá la obra más influyente haya sido la novela Salambó (1862) de Flaubert, que leímos con devoción aunque no sea hoy la más apreciada del autor normando. De ella bebieron dos curiosas novelas, Sónnica la cortesana (1901) de nuestro Blasco Ibáñez, localizada en el sitio de Sagunto, y Cartago en llamas (1908) de Emilio Salgari, así como el temprano film Cabiria (1914) de Giovanni Pastrone, en el que colaboró como redactor de intertítulos el poeta d’Annunzio. Del hecho de que Cartago estuviera a punto de imponerse a Roma se han derivado ucronías como la que urdió Bioy Casares en uno de sus grandes relatos, La trama celeste (1948), en el que imagina un mundo paralelo o alternativo donde fueron los cartagineses los vencedores. Quizá lo tenía en mente Borges cuando escribió el poema en prosa Fragmentos de una tablilla de barro descifrada por Edmund Bishop en 1867, incluido en Los conjurados (1985). “Aníbal es la espada de Melkart”, dice el cantor de una épica invertida.