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La obsesión del ser humano por medir el paso del tiempo se remonta a más de 5.500 años atrás, cuando los egipcios utilizaban la sombra proyectada por un gnomon para seguir el transcurso de las horas.
Desde entonces, la relojería ha experimentado una evolución técnica constante hasta el punto de convertirse en una herramienta indispensable en algunos de los hitos más emblemáticos de la historia, como la llegada del hombre a la Luna en 1969 con el Omega Speedmaster Moonwatch Professional en la muñeca del astronauta estadounidense Buzz Aldrin.
Sin embargo, en la actualidad, los relojes cumplen una función que va mucho más allá de la mera cronometría. Según una encuesta de la consultora Deloitte, apenas el 26% de quienes planeaban adquirir una pieza para uso propio señalaban como principal motivación consultar la hora.
Factores como la autorrecompensa, la imagen personal o el estatus social tenían un peso mayor en la decisión de compra. Esta singular característica convierte a los relojes de muñeca en un preciso termómetro económico: al tratarse de una compra eminentemente discrecional, su demanda ofrece pistas sobre la riqueza, las preferencias y, sobre todo, la disposición de los hogares a gastar.

La transformación del mercado ha llegado a tal punto que Suiza, país líder indiscutible de la industria, vende cada vez menos unidades, pero de una gama cada vez más alta.
En el 2025, los modelos con un precio superior a los 61.500 dólares representaron solamente el 1,4% de las unidades
vendidas, pero concentraron
el 37% del valor exportado
y explicaron el 89% del
crecimiento.
Este giro hacia los segmentos más exclusivos ayuda a entender otro de los grandes cambios del mercado: el ascenso de Estados Unidos. El país pasó de absorber alrededor del 11% de las exportaciones relojeras suizas en el 2019, al 17% en el 2025, consolidándose como el principal destino mundial.
La resiliencia de la capacidad de compra de los hogares americanos de mayores ingresos ayuda a explicar parte de este fenómeno. En Estados Unidos, el 20% de las familias con mayores ingresos concentra aproximadamente el 72% de la riqueza del país y genera cerca del 39% del gasto total.
En un sector cuyo impulso procede fundamentalmente de los segmentos más suntuosos, la fortaleza del consumidor estadounidense se ha convertido en uno de los principales pilares de la demanda mundial de alta gama.
En definitiva, incluso en un ciclo económico dominado por la inversión vinculada a la tecnología y la inteligencia artificial, el engranaje del consumo sigue siendo una pieza esencial para el crecimiento.
Como señalaba Walter Lange, artífice del renacimiento de A. Lange & Söhne tras la reunificación alemana: “Hay algo que uno debería esperar no solo de un reloj, sino también de uno mismo: no quedarse nunca estancado”.
Algo parecido podría decirse hoy del consumidor estadounidense.
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