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-Abdujaparov ha dado positivo.
-¿A estas horas? Ponemos un breve (eran las 7 de la tarde).
Djamodiline Abdujaparov, hoy con 62 años, fue un histórico velocista de los años 90. Ganó nueve etapas del Tour, siempre al esprint. Tres veces llegó vestido de verde a los Campos Elíseos de París. En 1991 se dio tal tortazo contra las patas de las vallas de la avenida parisiense que no acabó el Tour, aunque le dieron una especie de amnistía deportiva y lo coronaron como ganador de los puntos durante la presentación oficial del Tour de 1992 en el mes de octubre, el que salió de San Sebastián. Cuando se hizo la entrega de premios nada más terminar la carrera -el primero de los cinco Tours de Induráin- él estaba camino del hospital.
Viene a cuento hablar hoy de Abdujaparov porque en 1997, un año antes de que estallase todo el escándalo de dopaje, dio positivo y fue expulsado del Tour. No fue tampoco la primera ocasión en la que el ciclista uzbeco reventó las probetas de los laboratorios. Ciertamente fue un salvaje -un terror, mejor dicho-, en las llegadas masivas. Se llevaba por delante a cualquier contrincante y muchas veces, como ocurrió hace 35 años, él mismo terminó con algún hueso roto.
Un positivo no era noticiaPero, a la vez, en 1997, un positivo en el Tour no era noticia y quedaba relegado a una simple anécdota, una pequeña inclusión en una página de diario porque no valía la pena cambiar toda la estructura de trabajo. Todavía, en aquella época, se vivía bajo la influencia de que los ciclistas eran deportistas maltratados que no podían ni tomar un sorbo de jarabe para combatir la tos bajo riesgo de ser sancionados.
Ya se había superado la época en la que si daban positivo cumplían tres meses de sanción, entre noviembre y enero, cuando no había ni una sola carrera programada.
En 1997, la EPO circulaba como el aire que respiraba el pelotón y fue necesario que la policía francesa detuviera a un masajista del equipo Festina en la frontera con Bélgica, a pocos días del inicio del Tour de 1998, para que todo explotara por los aires y se propiciase la creación de la Agencia Mundial Antidopaje; un antes y un después.
En 1971, en Orcières-Merlette llegó Luis Ocaña en solitario y escribió una de las gestas más importantes de la historia del Tour al dejar completamente tocado (pero no hundido) a Eddy Merckx. Al día siguiente, el belga destrozó la carrera camino de Marsella hasta el punto de que el alcalde de la ciudad llegó tarde y tuvo que aplazarse la entrega de premios porque no había autoridad en el podio. Recuperó sólo dos minutos al corredor español que en los Alpes dejó al 80% del pelotón fuera de control por lo que se tuvo que ampliar el margen de eliminación. De lo contrario, el Tour se quedaba sin ciclistas.
'El Tarangu'Años después en una impactante serie de reportajes que publicó el diario ‘El País’ en 1993, José Manuel Fuente, ‘El Tarangu’, explicó que su generación -a la que pertenecieron Ocaña y Merckx- compartía jeringuillas y hacía uso indiscriminado de anfetaminas o centraminas sin ningún control médico, lo que dejó importantes secuelas a un buen número de ciclistas. Él mismo sufrió una insuficiencia renal que acabó con su vida en 1996.
Ocaña se suicidó de un tiro en la cabeza en 1994 cuando ya se le había diagnosticado un cáncer de hígado. Padecía hepatitis C debido al contagio por una transfusión sanguínea a causa de un accidente sufrido en 1979, aunque nunca se estableció una relación directa de su enfermedad por el uso de sustancias prohibidas.
El desembarco de NormandíaLas anfetaminas llegaron al deporte, no sólo al ciclismo, a inicios de los años 50 del siglo XX cuando empezó a saberse de unas pastillas que usaron los soldados estadounidenses para superar el miedo y desembarcar en Normandía sin temor alguno a la artillería alemana. Hasta 1968, un año después de la muerte por dopaje de Tom Simpson en el Ventoux, no se oficializaron los controles, no sin alguna huelga por parte de los participantes del Tour con las figuras del momento en la primera línea de la protesta.
Nadie discutió sus gestas que quedaron como páginas de oro. Cada cual ganó en su época con los métodos legitimados, aunque fuese con el soporte de la cultura opaca hasta que cambiaron los tiempos y con ellos la salud del pelotón.
Fuente: El Periódico