El cristiano Recemundo o Ibn Zayd (908-980) – en las fuentes aparece escrito de las dos maneras, latina y árabe – fue un embajador y hombre de confianza de Abd al-Rahmán III al que encomendó varias gestiones diplomáticas. En recompensa por el éxito conseguido en sus negociaciones, el primer califa de Córdoba terminó nombrándole obispo de Elvira (Granada). Recemundo es también autor de una interesante obra titulada Libro de la división de los tiempos, más conocida como Calendario de Córdoba. Escrito en árabe probablemente hacia el año 961 y dedicado al príncipe al-Hakam II, esta auténtica joya literaria no fue traducida al latín hasta el siglo XII por el italiano Gerardo de Cremona. Tal como se indica en la introducción, «estaba destinado para recordar las estaciones del año, el regreso periódico de los tiempos, las épocas de las plantaciones, los procedimientos agrícolas, las rectificaciones de las estaciones y la recogida de los frutos», aportando una interesante información sobre astronomía, meteorología y celebraciones cristianas de las iglesias y monasterios mozárabes de Córdoba, así como algunas pinceladas sobre costumbres bromatológicas y de indumentaria. Resulta también muy atractiva la información biológica y medioambiental que incluye y que nos permite acercarnos a la fauna, flora y paisaje de la Córdoba del siglo X. En este primer capítulo que dedicamos a la obra del diplomático cristiano nos centraremos en los sorprendentes datos que aporta sobre la fauna de la época.
El cristiano Recemundo o Ibn Zayd (908-980) – en las fuentes aparece escrito de las dos maneras, latina y árabe – fue un embajador y hombre de confianza de Abd al-Rahmán III al que encomendó varias gestiones diplomáticas. En recompensa por el éxito conseguido en sus negociaciones, el primer califa de Córdoba terminó nombrándole obispo de Elvira (Granada). Recemundo es también autor de una interesante obra titulada Libro de la división de los tiempos, más conocida como Calendario de Córdoba. Escrito en árabe probablemente hacia el año 961 y dedicado al príncipe al-Hakam II, esta auténtica joya literaria no fue traducida al latín hasta el siglo XII por el italiano Gerardo de Cremona. Tal como se indica en la introducción, «estaba destinado para recordar las estaciones del año, el regreso periódico de los tiempos, las épocas de las plantaciones, los procedimientos agrícolas, las rectificaciones de las estaciones y la recogida de los frutos», aportando una interesante información sobre astronomía, meteorología y celebraciones cristianas de las iglesias y monasterios mozárabes de Córdoba, así como algunas pinceladas sobre costumbres bromatológicas y de indumentaria. Resulta también muy atractiva la información biológica y medioambiental que incluye y que nos permite acercarnos a la fauna, flora y paisaje de la Córdoba del siglo X. En este primer capítulo que dedicamos a la obra del diplomático cristiano nos centraremos en los sorprendentes datos que aporta sobre la fauna de la época.
Nos habla Recemundo de animales domésticos, como vacas y caballos, ovejas, pichones, ocas y pavos; sin embargo, como es sabido, el pavo es originario del continente americano, concretamente de México y el sur de Estados Unidos, y fue domesticado hace más de 2.000 años por las culturas prehispánicas, como los mayas y los aztecas; así que hasta el siglo XVI, que lo trajeron los conquistadores españoles, no pudo llegar este ave a Europa. ¿Cómo entonces nos habla Racemundo de pavos en la Córdoba del siglo X? En realidad se trataba de otra especie, el pavo real, que aunque originario de las selvas de la India y Sri Lanka, fue introducido por los romanos en la península Ibérica hace más de 2.000 años para usarlo como mascota exótica. Tras el descubrimiento de América, los españoles trajeron a España otra ave diferente: el guajolote americano. Al ser algo parecido a la preciosa ave oriental, decidieron llamar también «pavo» a la americana y para distinguirlos agregaron el apellido de «real» a la especie ya conocida muchos siglos atrás. Ahí está la confusión. Por tanto los árabes heredaron de los romanos el gusto por esa fascinante ave de espectacular plumaje, hasta el punto que Recemundo la incluyó en su calendario, indicándonos que los pavos (reales) se acoplaban en marzo, y los pollos rompían el cascarón en mayo.
Con respecto a la fauna salvaje, en El calendario se presta especial atención a las idas y venidas de golondrinas, cigüeñas, codornices, milanos y tórtolas. Habla también de estorninos negros y blancos, refiriéndose posiblemente a las dos especies presentes en nuestra fauna: estornino negro (Sturnus unicolor) y pinto (Sturnus vulgaris). Dice también: «A finales de mes (septiembre) las gaviotas blanquean y estas son de las aves acuáticas que vuelven a tener negra la cabeza al principio de la primavera». Se refiere a la gaviota reidora, especie que en la época de reproducción presenta un característico capuchón de color marrón chocolate, que pierde posteriormente. Esta especie puede avistarse al presente en ríos y embalses –incluso en los Sotos de la Albolafia- durante el invierno. Informa igualmente de que en julio los mirlos acuáticos son abundantes, pero en la actualidad la población de esta escasa ave es muy testimonial y dispersa en la provincia de Córdoba, habiendo desaparecido en cursos de agua de la sierra donde antaño podía ser observada.

Avestruz en un zoológico. / AUMENTE
El Calendario reseña en cuatro ocasiones a los halcones valencianos, refiriéndose probablemente a los famosos baharíes, halcones peregrinos españoles que anidaban en los cantiles marítimos –en árabe, bahara significa mar- muy apreciados por los emires y califas de al-Andalus. Cuenta también como en el mes de junio se recogían las astas de los ciervos para confeccionar los arcos, y es que al final de la primavera se produce el desmogue de estos animales y quedan las cuernas abandonadas en el campo. También a principios de junio, El Calendario recomendaba la caza de víbora (Vípera latastei) para hacer las píldoras que entraban a formar parte de la Triaca, polifármaco conocido desde la antigüedad y utilizado por el médico y ministro califal judío, Hasday Ibn Saprut.
El Calendario informaba que en febrero las grullas migraban hasta las islas fluviales, y volvían en mayo, interesante dato que acredita la presencia habitual de la grulla como especie reproductora en al-Andalus, construyendo sus nidos en el suelo de zonas pantanosas, tal como siguen haciéndolo en el norte de Europa, aunque en fechas algo más tardías. Hoy sólo podemos encontrarla en la provincia de Córdoba como invernante, concretamente en las dehesas de Los Pedroches y Alto Guadiato. El testimonio más reciente de las grullas reproduciéndose en la península Ibérica lo aportó el profesor Francisco Bernis, quien indicó que en la Laguna de la Janda, en 1954, antes de su desecación, anidó la última pareja. Sin embargo debería ser frecuente en la época andalusí, cuando la zona de la Janda era una zona pantanosa, Al-Buhaira, situada en el límite sur de la Cora de Sidonia, zona especialmente apreciada para la caza de aves. El historiador hispano-musulmán Ibn Hayyan documentó que el emir Abd al-Rahman II era un apasionado de la cetrería, especialmente de la caza de grullas. Esta ave era su presa favorita, tanto que el ave fue apodada popularmente «la abdarramía» y el pueblo cordobés llegó a llamarlo «el de las grullas».
En la Córdoba del siglo X debían ser frecuentes algunas especies exóticas, traídas principalmente del continente africano, ya que Recemundo llegó a aportar datos concretos sobre su reproducción como hitos a destacar en «su calendario». Dice que en el mes de agosto «las crías de los camellos son separadas de sus madres y la leche es abundante» y también en este mes «los avestruces entran en celo y se oye desde lejos el sonido de los machos». Gracias a un ejemplar de esta gran ave africana fue amnistiado «el mayor poeta de al-Andalus en tiempos de los Banü Marwán», en palabras del insigne Ibn Hazm. Me refiero a Abu Abd al-Malik Marwan, bisnieto del califa omeya Abd al-Rahmán III, que fue encarcelado tras asesinar a su padre por celos, al apropiarse éste de una esclava de la que estaba enamorado. Pidió a al-Mansur que lo indultara, pero éste, ante los numerosos condenados que solicitaban su clemencia, y para quitárselos de encima, entregaba las cartas que le remitían en este sentido a un voraz avestruz que tenía como mascota, que engullía las misivas indiscriminadamente, hecho que era tomado como una señal inequívoca de que no merecían el perdón. Sin embargo, cuando llegó el turno de Abu Abd al-Malik Marwan, el avestruz se negó a tragarse la carta. Tras varios intentos fallidos, no le quedó más remedio que concederle el indulto, y desde entonces el poeta fue conocido como al-Sarif al-Taliq (el Príncipe Amnistiado).
Suscríbete para seguir leyendo