La especialista resuelve las dudas sobre si es recomendable dar medicamentos a bebés y en qué cantidades.
Son las tres de la mañana y un bebé tiene fiebre. Muchas familias optan por dar fármacos que parecen cotidianos, como el paracetamol o el ibuprofeno, pero que no siempre se usan correctamente. Tal como explica el Acta Pediátrica Española, son los analgésicos y antipiréticos más utilizados en pediatría, aunque no tienen las mismas indicaciones ni deben administrarse de la misma manera.
Algo con lo que coincide Ainhoa Baucells, enfermera pediátrica especializada en sueño infantil, alimentación y cuidados del bebé: “Si tienes hijos, es muy probable que el paracetamol y el ibuprofeno formen parte habitual de tu botiquín. Son los medicamentos que más utilizamos cuando nuestros peques tienen fiebre, les duele algo o simplemente no se encuentran bien”.
Eso sí, la especialista señala que la edad, el peso, la intensidad del dolor o la presencia de inflamación son factores que pueden cambiar la elección de uno u otro tratamiento. Muchas veces, el desconocimiento de estas diferencias lleva a cometer errores en su administración.
“Hay estudios que han observado que aproximadamente la mitad de los niños ha recibido alguna vez una dosis incorrecta de alguno de estos medicamentos”, afirma Baucells. En esta entrevista para La Vanguardia, la enfermera resuelve todas las dudas que rodean a estos fármacos.
¿Es recomendable usar estos medicamentos en niños o son en realidad productos pensados para adultos?
La realidad es que tanto el paracetamol como el ibuprofeno son eficaces y seguros cuando se utilizan adecuadamente. Son precisamente los analgésicos de referencia en pediatría para tratar la fiebre y el dolor. A veces existe la sensación de que están concebidos para personas mayores, pero llevan décadas utilizándose en niños. Se conocen muy bien sus perfiles de seguridad y disponemos de formulaciones específicamente adaptadas a cada edad y peso. Cuando se administran de manera adecuada, ambos son bien tolerados y presentan pocos efectos adversos. El problema no suele ser el producto en sí, sino utilizar una cantidad errónea o recurrir a ellos en situaciones para las que no están indicados.
¿En qué situaciones conviene recurrir al paracetamol?
Suele considerarse la primera elección en muchos casos por su buen perfil de seguridad. Puede utilizarse desde el nacimiento y suele ser la alternativa preferida en recién nacidos y lactantes pequeños, ya que el ibuprofeno no se recomienda habitualmente por debajo de los tres a seis meses de edad. También, suele ser la mejor opción en niños con riesgo de deshidratación o que presentan vómitos, diarrea o una ingesta insuficiente de líquidos. Además, se recomienda preferentemente en enfermedades como la varicela, algunas neumonías, la enfermedad de Kawasaki o en niños con enfermedades renales, trastornos de la coagulación o mayor riesgo de sangrado.

¿Y cuándo es más adecuado el ibuprofeno?
Pertenece al grupo de los antiinflamatorios, por lo que puede aportar un beneficio adicional cuando existe un componente de este tipo. Suele resultar especialmente útil en dolores musculares o articulares, tras algunos procedimientos quirúrgicos, en determinados dolores de garganta, dolores dentales o en algunas otitis. A esto se suma que algunos estudios han observado que puede ser ligeramente más eficaz para reducir la fiebre y aliviar el dolor durante las primeras horas de tratamiento, especialmente en niños mayores de seis meses sin enfermedades de base relevantes.
¿Hay casos en los que deba evitarse el ibuprofeno o en los que ambos sirvan para lo mismo?
Sí, debe evitarse o utilizarse con mucha precaución en niños deshidratados, con enfermedad renal, determinados problemas gastrointestinales, trastornos de la coagulación, alergia a los antiinflamatorios o antecedentes de asma desencadenada por estas medicinas. Por lo demás, ambos son útiles para aliviar la fiebre y el dolor leve o moderado, como en un catarro, una otitis, una faringitis, un dolor de cabeza o después de una intervención quirúrgica.
¿Qué errores son los más habituales al calcular la dosis y qué riesgos conllevan?
Muchas familias siguen guiándose por la edad del niño o por la cantidad que recuerdan haber administrado anteriormente, cuando en realidad la cantidad debe ajustarse siempre al peso actual. Esto puede provocar tanto infradosis como sobredosis. Las primeras son muy frecuentes y hacen que el medicamento parezca ineficaz; cuando el niño sigue con fiebre o dolor, los padres pueden pensar que no le está haciendo efecto, cuando en realidad el problema es que está recibiendo menos cantidad de la necesaria.
¿Y qué ocurre con las sobredosis?
Suelen producirse al administrar tomas demasiado seguidas, utilizar una concentración diferente de jarabe sin darse cuenta o combinar distintos productos que contienen el mismo principio activo. El ibuprofeno, por ejemplo, se comercializa en concentraciones de 20 mg/ml y de 40 mg/ml. Si administramos los mismos mililitros de uno y de otro, estaremos dando el doble. En estos casos, el principal riesgo del paracetamol es el daño hepático, mientras que con el ibuprofeno pueden aparecer complicaciones digestivas o renales, especialmente si se utiliza durante varios días o con deshidratación.
¿Influye también la forma de administrar los jarabes o la prisa por ver resultados?
Sí. A menudo utilizamos cucharas domésticas para medir las dosis y, aunque pueda parecer una tontería, la cantidad administrada puede variar considerablemente. Por este motivo, siempre se recomienda utilizar la jeringa dosificadora que acompaña al producto. Además, hay que recordar que el efecto no es inmediato: tardan entre 20 y 30 minutos en empezar a actuar y alcanzan su máxima eficacia entre una y dos horas después de la toma. Muchos padres ven que ha pasado una hora, que el bebé sigue mal y administran otra toma antes de tiempo. Eso no solo no es beneficioso, sino que aumenta el riesgo de efectos adversos.
¿Cómo se calcula correctamente la pauta?
En pediatría, las dosis siempre se calculan en miligramos por kilogramo (mg/kg). Por eso, lo primero es conocer el peso actualizado del niño y calcular siempre la dosis en función de este. Para facilitarlo, pueden utilizarse calculadoras de dosis fiables o tablas de dosificación por peso. La razón es que dos niños de la misma edad pueden tener pesos muy diferentes y, por tanto, necesidades muy distintas de medicación. Pensemos en dos criaturas de 2 años: una puede pesar 10 kilos y la otra, 15. Si ambos reciben exactamente la misma cantidad, uno podría estar recibiendo una dosis insuficiente y el otro una excesiva.

¿Hay algún otro truco?
Anotar cada administración, incluyendo la hora, el medicamento y la cantidad administrada. Esto resulta especialmente útil durante las noches, en periodos de enfermedad prolongada o cuando varios cuidadores participan en el cuidado del niño, ya que ayuda a evitar olvidos, duplicidades o tomas demasiado seguidas. Aunque estés convencido de que tienes una memoria infalible, mi consejo es que no te la juegues. Anotarlo lleva apenas unos segundos y puede evitar muchos errores innecesarios.
¿Alternar paracetamol e ibuprofeno es un error frecuente?
La alternancia entre ambos es uno de los temas que más dudas genera porque durante muchos años se popularizó la práctica de alternarlos de forma sistemática cada pocas horas. Sin embargo, las recomendaciones actuales son más prudentes. Es cierto que combinarlos o alternarlos puede conseguir una reducción ligeramente mayor de la temperatura que utilizar un único tratamiento, pero la diferencia suele ser pequeña y no siempre se traduce en una mejoría significativa del bienestar del niño. Además, aumenta considerablemente la complejidad del tratamiento y la probabilidad de cometer errores. Por tanto, ante un niño con fiebre, lo adecuado es utilizar un único principio activo correctamente dosificado y valorar la respuesta.
Entonces, ¿no se pueden combinar jamás?
Sí, en situaciones concretas, como cuando un niño presenta fiebre elevada que le genera un malestar importante y no mejora suficientemente, o en casos de dolor moderado o intenso, la combinación o alternancia de ambos fármacos puede ayudar a conseguir un mejor control de los síntomas que cualquiera de los dos por separado. En estos casos pueden utilizarse durante periodos cortos, respetando estrictamente las dosis y llevando un buen control de las administraciones.