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“Las cifras no mienten”, dicen ciertos adagios populares; ¡Mientan datos y callen bocas! Ojalá fuera todo tan inequívoco en economía. De hecho, los datos se contraponen a menudo a las narrativas por las que a veces se sacrifican (se ignoran) para no estropearlas.
Ya empezamos mal cuando algunos economistas reconocen en contabilidad que dos más dos no son cuatro. Otras cifras que se dan tampoco las sabemos leer correctamente. Así, cuando referimos recursos en términos de PIB nacionales en comparativas que contienen precios internacionales, lo que se requiere son ratios per cápita y no porcentajes del total, ya que los precios no dependen de la renta del país, tal como pasa, por ejemplo, cuando comparamos gasto relativo de medicamentos entre países. En el turismo, algunas lecturas que hoy se dan son contraintuitivas: cuando proponer tasas de crecimiento cero se percibe como una política negativa, a pesar de la consecución que supone mantener las cifras de volumen de las que ya se dispone, y que además se pueden mejorar dando más valor en ingresos o más excedente reduciendo costes.
Cómo leerlasLas cifras también engañan cuando se leen mal, se sacan de contexto o se ponen al servicio de un relatoEn seguridad ciudadana, en cambio, la lectura de los datos no se suele valorar por parte de la ciudadanía en términos relativos. Es suficiente un hecho luctuoso que sí que es notorio para que neutralice todos los éxitos de reducción de la delincuencia conseguidos, ponemos, de un año a otro. En algunos casos la valoración la da el grado de aceleración de una tasa (¡ por un incremento respecto del año anterior!), y no sus valores absolutos. A veces el éxito se identifica más en el hecho de que se desacelere una pérdida, aunque esta pérdida siga produciéndose, que con una ganancia puntual conseguida.
Con las cifras se puede jugar también en cómo se contabilizan los costes indirectos trasladados y algunos intangibles, u otros costes sociales que a menudo no se reconocen en los precios de mercado. Tampoco estos costes se viven por igual entre la ciudadanía, dada su distribución. Las famosas externalidades de los costes no soportados por los decisores son ejemplo. Diferente es cuando el uso de cifras, reales o nominales, se utiliza para finalidades subliminales, como cuando las bases de renta no se ajustan por la inflación para así incrementar la recaudación fiscal contra los intereses de los contribuyentes. En una economía, si la asignación de los recursos está distorsionada en precios y costes relativos, las ineficiencias resultantes se tienen que justificar por algún otro objetivo; por la equidad, por ejemplo, antes de darlas por buenas.
Con el manejo de los datos a veces se trata de modularlas para que no arruinen un buen argumento. Quizá en las aulas sería útil hacer un máster para aprender a ver cómo se pueden manipular las cifras económicas: aquello de aprender economía para que no nos engañen a los economistas. En definitiva, a lo largo de los años he aprendido que la lógica del argumento, más que los datos con los que se adorna, es lo que da consistencia a los diagnósticos económicos. En todo caso, es lo más robusto ante el paso del tiempo.
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