Según la especialista, los primeros meses están llenos de descubrimientos, pero acumular estímulos no garantiza una buena socialización
El cachorro se detiene en mitad de la acera. Hay coches, bicicletas, personas, otros perros y sonidos que todavía no sabe interpretar. Al otro lado de la correa, alguien intenta animarlo para que avance, convencido de que necesita acostumbrarse al ruido, al movimiento y a todo lo que forma parte de la calle. Sin embargo, quizá sean demasiadas cosas de golpe para un animal que todavía está aprendiendo a entender su entorno.
“Si un cachorro no quiere caminar, muchas veces necesita menos, no más”, explica Alicia Torrano Cano, veterinaria y educadora canina, en conversación con La Vanguardia. Durante los primeros meses, salir a la calle no debería consistir en recorrer cada vez más distancia ni en acumular experiencias. “En un entorno urbano, los primeros paseos pueden limitarse al portal, al edificio y a la calle de alrededor de casa, avanzando poco a poco a medida que el animal gana seguridad”, recomienda Torrano.
Alicia Torrano
Veterinaria y educadora canina
La misma lógica sirve para el resto de experiencias. “Un cachorro no necesita conocer a todos los perros que se cruza, recibir caricias de todas las personas que quieren saludarlo ni mantenerse ocupado durante todo el día. Necesita tiempo para observar, descansar y asimilar lo que ocurre a su alrededor”, subraya la veterinaria. Cuando ese ritmo no se respeta, pueden aparecer señales como una excitación constante, mordiscos cada vez más intensos, dificultades para descansar o incluso rechazo a seguir caminando.
Buena parte de los errores de esta etapa parten, precisamente, de querer hacerlo bien: enseñar demasiado pronto, estimular en exceso o interpretar la socialización como una sucesión de encuentros. Pero, según Torrano, “acompañar a un cachorro también consiste en saber cuándo parar”.

Los primeros paseos no tienen que parecerse todavía a los paseos de un perro adulto. El objetivo inicial es que el cachorro conozca su entorno más próximo y vaya incorporando poco a poco aquello que encuentra fuera de casa. Torrano sitúa alrededor de los tres meses el momento en el que suelen comenzar estos primeros descubrimientos, siempre teniendo en cuenta el estado de salud del animal y las circunstancias de cada caso.
“La protección frente a enfermedades y el desarrollo emocional deben avanzar de forma compatible, evitando tanto las situaciones de riesgo como una exposición excesiva”, señala la especialista. La distancia, por tanto, es secundaria. “Si un cachorro necesita varios minutos para observar una esquina, escuchar un ruido o decidir si quiere avanzar, ese tiempo también forma parte del paseo”, añade Torrano.
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Empezar los paseos poco a poco: “El entorno cercano es suficiente durante las primeras salidas. La progresión debe adaptarse a la seguridad que va adquiriendo el cachorro, no a una distancia que se considere adecuada de antemano”.2
Priorizar experiencias que pueda procesar: “No hace falta llenar cada día de novedades. Un exceso de estímulos puede dificultar que el animal entienda lo que está viviendo y termine generándole inseguridad”.3
Dar espacio al descanso: “Dormir, desconectar y bajar el ritmo también forman parte del aprendizaje. Un cachorro que no consigue parar puede estar demasiado activado, no necesitar más ejercicio”.4
Elegir bien sus primeros encuentros con perros: “Dos o tres perros conocidos, equilibrados y con los que pueda aprender a relacionarse pueden ser más útiles que una sucesión de encuentros con desconocidos”.5
Respetar su espacio con las personas: “No todas las personas tienen que tocar a un cachorro. Dejar distancia y permitir que sea él quien se acerque evita convertir cada paseo en una cadena de contactos que no siempre necesita”.Después de varias horas de juegos, visitas, paseos y estímulos, algunos cachorros llegan a casa todavía más acelerados. Corren de un lado a otro, muerden con intensidad, buscan constantemente la atención o parecen incapaces de quedarse tranquilos. En esos momentos es fácil pensar que todavía necesitan más actividad para terminar de cansarse.
Pero no siempre es así. “Un perro cansado no es un perro tranquilo”, señala Alicia Torrano. “Los cachorros todavía están desarrollando su capacidad para autorregularse y necesitan aprender a hacerlo con la ayuda de sus figuras de referencia. Si pasan demasiado tiempo activos y apenas tienen momentos para desconectar, pueden acabar desbordados”, advierte.

Los mordiscos intensos, la dificultad para descansar, los destrozos frecuentes o la incapacidad para parar pueden ser algunas de las señales. “Es normal que un cachorro tenga momentos de mucha excitación y dificultades para regularse, porque su cerebro está en desarrollo. La preocupación aparece cuando ese nivel de activación se mantiene durante buena parte del día o alcanza una intensidad que le impide descansar y desenvolverse con normalidad”, explica la veterinaria.
En esos casos, la solución no pasa necesariamente por añadir más ejercicio o más juegos. Muchas veces hace falta reducir el ritmo, ofrecerle tranquilidad y permitir que procese todo lo que ha vivido. “El descanso, en un cachorro, también es una forma de aprendizaje”, resume Torrano.
Socializar no significa saludar a todo el mundoPor otro lado, que un cachorro corra hacia cada persona que se cruza o quiera acercarse a todos los perros puede interpretarse como una señal de sociabilidad. Sin embargo, esa excitación inicial no siempre significa que esté aprendiendo a relacionarse de una forma adecuada. Alicia Torrano explica que algunos cachorros reciben continuamente caricias, saludos y acercamientos porque se considera que así “se acostumbran” a las personas. “Pero con el tiempo, esa búsqueda constante de contacto puede transformarse en saltos, excitación o una necesidad cada vez mayor de acercarse y controlar lo que ocurre a su alrededor”, insiste.
Con otros perros puede suceder algo parecido. Un cachorro que parece encantado de encontrarse con cualquiera puede terminar desarrollando inseguridad, tirones de correa o conductas reactivas si las interacciones son demasiado frecuentes, intensas o difíciles de gestionar. “Mejor tener dos o tres amigos con los que poder interactuar y aprender, que estar cada día conociendo perros nuevos”, apunta Torrano.
Socializar bien tiene más que ver con la calidad de esos encuentros que con su número. Un cachorro puede observar a una persona sin necesidad de que esta le acaricie, o compartir un rato con un perro conocido y estable sin tener que saludar a todos los que aparecen durante el paseo. “Darle espacio, interpretar sus señales y terminar una interacción cuando empieza a resultar demasiado intensa también forma parte de ese aprendizaje”, concluye.