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“Te devuelvo al gato porque es feo”: los peligros de adoptar por impulso y no por verdadera responsabilidad

Дата публикации: 16-09-2026 05:00:00


La devolución de un felino recién adoptado destapa la brecha entre satisfacer una necesidad emocional humana y atender las verdaderas necesidades del animal


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Tras la desaparición de una gata hace un par de meses en un municipio de la provincia de Tarragona, sus dos cachorros tuvieron que salir de la colonia felina. Una familia decidió adoptarlos, pero poco después devolvió a uno. No estaba enfermo, no había atacado a nadie ni existía un problema de convivencia: simplemente ya no les gustaba porque, en sus palabras, “les parecía feo”.

Es fácil quedarse en la indignación, pero resulta mucho más interesante preguntarnos qué ocurrió antes. Probablemente esa persona no buscaba hacer daño; quería adoptar, estaba ilusionada y anticipaba una experiencia positiva. Precisamente ahí radica el problema: a veces creemos estar eligiendo a un animal cuando, en realidad, solo intentamos satisfacer un deseo propio.

Deseo y expectativas

Vivimos rodeados de pequeños estímulos que nos invitan a desear algo y obtenerlo inmediatamente. Vemos una fotografía: un bebé felino precioso, con una historia terrible y un vídeo de un rescate. Tras el impulso, una familia nos lo pide, y ya se anticipa la satisfacción de verlo durmiendo a su lado, jugando con un ovillo de lana o recibiendo caricias en su camita nueva.

No es muy diferente de tantos otros deseos cotidianos: algo despierta una emoción intensa, nuestra mente construye rápidamente la experiencia que espera obtener y buscamos convertirla en realidad. La diferencia es que esta vez el objeto de nuestro deseo es un ser vivo que crecerá, que puede no mostrarnos agradecimiento por haberle “rescatado”, que puede pasar semanas debajo de una cama o escondido, y que puede enfermar, arañar, maullar o sentir miedo. Además, atender este deseo exigirá dinero, paciencia y tiempo.

Una mujer contemplando al gato que quiere adoptar. 

Una mujer contemplando al gato que quiere adoptar. Getty Images

Compasión y reflexión: la espera

Existe otra motivación aparentemente mucho más noble: la compasión. Sin ella, probablemente buena parte de la protección animal no existiría. Pero incluso la compasión necesita reflexión, ya que podemos confundir el bienestar del animal con nuestra necesidad de dejar de sentir el malestar que nos provoca verlo allí, sin entender que ese tal vez sea su hogar. Sacarlo nos hace sentir mejor solo a nosotros. Pero ¿estará mejor él?

¿Qué ocurre si aquel gato estaba vinculado a su madre, sus hermanos o su territorio? ¿Y si no estaba preparado para convivir estrechamente con personas? ¿Si pasa de una casa de acogida a otra, nadie quiere adoptarlo y termina encerrado durante años porque un día decidimos que cualquier vida bajo techo era necesariamente mejor que la que tenía?

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La pregunta incómoda no es solamente: “¿Puedo salvarlo?”, sino: “¿Estoy haciendo esto por lo que necesita él o por lo que necesito sentir yo? ¿Es lo mejor para ambos? ¿Tengo conocimientos para decidir esto?”. No siempre será fácil distinguirlo, pero hacernos la pregunta ya cambia nuestra manera de actuar.

En la tradición budista, la compasión ('karuṇā') se relaciona con el deseo de aliviar el sufrimiento, mientras que el apego y el deseo pueden distorsionar nuestra percepción de la realidad. Aplicado a una adopción, la diferencia es enorme:

La responsabilidad empieza cuando asumimos que la intervención debe mejorar la situación del animal

“Me da tanta pena que me lo llevo” es una emoción. “Voy a intentar comprender qué necesita este animal y si realmente puedo ofrecérselo” es una responsabilidad. La primera puede durar unas horas; la segunda, veinte años. No se trata de sentir menos, sino de sentir sin obedecer inmediatamente a todo lo que sentimos. La responsabilidad empieza cuando dejamos de necesitar que la realidad confirme la historia que habíamos imaginado, y cuando asumimos que la intervención debe mejorar la situación del animal, no reconfortar nuestro ego.

Quizá por eso una de las herramientas más sencillas para tomar una decisión que puede cambiar por completo la vida de un animal no aparece en ningún contrato: la espera. Dejar pasar la emoción inicial, observar, preguntar a quienes conocen al animal, entender qué necesita y solo entonces decidir.

El gato que queda cuando desaparece la ilusión

Cuando la realidad deja de proporcionarnos la expectativa deseada, tendemos a buscar otra cosa. Con unos zapatos, un teléfono o unas vacaciones, las consecuencias son menores; con un animal, es el propio ser vivo quien paga nuestra decepción. Por eso, adoptar debería parecerse menos a conseguir lo que deseamos y mucho más a aceptar lo que todavía no conocemos: no preguntarnos cuánto nos hará felices, sino si estaremos dispuestos a cuidarlo cuando deje de cumplir la idea de felicidad que habíamos construido a su alrededor.

La pena dice: “Tengo que salvarlo”. El deseo dice: “Quiero tenerlo”. Antes de obedecer a cualquiera de las dos, cabe preguntarse: ¿Qué necesita el gato? Si no sabes responder, hay profesionales con formación científica que pueden ayudarte. Esa es una forma mucho más difícil —y madura— de querer a un animal: no hacer inmediatamente lo que nos reconforta a nosotros, sino detenernos el tiempo suficiente para comprender qué le beneficia realmente a él.

Montse Casaoliva es consultora de colonias felinas y educadora de gatos. Se dedica de forma profesional a la formación, coordinación, capturas y recursos para gestoras felinas y Ayuntamientos.

Montse Casaoliva

Soy educadora en el vínculo humano-felino, especializada en el comportamiento de las gatas y los gatos, formada en Antrozoología y en la IAABC con certificación internacional. Busco el beneficio para la vida de todos los seres vivos.

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