“Todavía aguanta”. Es una de las frases que más pueden pesar cuando una familia se enfrenta a la enfermedad avanzada de su perro. Que aún coma algo, se levante de su cama o tenga un rato bueno puede alimentar la esperanza de que todavía no ha llegado el momento de despedirse. Pero esos gestos no siempre reflejan su estado real. Los animales tienden a ocultar el dolor y, detrás de esa aparente resistencia, puede existir un sufrimiento que no resulta fácil de reconocer.
Ahí aparece una de las decisiones más difíciles de la convivencia con una mascota: saber cuándo seguir tratando y cuándo la eutanasia puede evitar un deterioro mayor. Bárbara Febrel Cancio, veterinaria y directora clínica de Clinicanimal Mirasierra, explica para La Vanguardia qué observa en estos casos antes de recomendar una eutanasia y por qué el tiempo de vida que queda no siempre es lo más importante. “El dolor, la movilidad, el apetito, el descanso y la capacidad del animal para relacionarse con su entorno pueden marcar la diferencia entre conservar bienestar y prolongar el sufrimiento”, señala Febrel.
Bárbara Febrel
Veterinaria
¿Cómo puede saber una familia que ha llegado el momento de plantearse la eutanasia de su mascota?
No es una decisión sencilla, porque implica aceptar que la calidad de vida del animal ha disminuido de forma importante y que ya no es posible ofrecerle una recuperación o una vida digna sin sufrimiento. Hay señales que deben hacer saltar las alarmas: pérdida de apetito, dolor que no se controla con medicación, dificultad para moverse, incapacidad para realizar sus rutinas básicas o una desconexión progresiva con el entorno. En veterinaria hablamos mucho de calidad de vida. No se trata únicamente de cuánto tiempo puede vivir un animal, sino de cómo vive ese tiempo. Cuando el dolor, la enfermedad o el deterioro empiezan a superar los momentos de bienestar, es el momento de valorar esta opción con el veterinario.

¿Qué criterios se tienen en cuenta para recomendarla?
Se valora el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad, las posibilidades reales de tratamiento y, sobre todo, el nivel de sufrimiento. También se observa si el dolor puede controlarse adecuadamente. La calidad de vida diaria es fundamental: si puede alimentarse, moverse, descansar sin dolor, mantener una higiene básica e interactuar con su entorno. Cuando estas capacidades se pierden de forma progresiva y no existe posibilidad de recuperación, la eutanasia puede plantearse como una medida compasiva. El objetivo no es acortar la vida, sino evitar un sufrimiento innecesario cuando la medicina ya no puede ofrecer una solución.
Bárbara Febrel
Veterinaria
¿Qué puede ocurrir si la decisión se retrasa demasiado?
En una enfermedad avanzada, el sufrimiento puede llegar a ser considerable: dolor crónico, dificultad respiratoria, debilidad extrema, desorientación o incapacidad para comer, levantarse o descansar con comodidad. Además, los animales suelen adaptarse y ocultar el dolor. Por eso puede parecer que ‘todavía aguanta’ cuando, en realidad, existe un malestar físico o emocional importante. Retrasar la decisión suele estar relacionado con el vínculo afectivo y con la esperanza de que se produzca una mejoría. Es una reacción humana y comprensible, pero prolongar una situación sin expectativas de recuperación puede significar alargar el deterioro del animal.
¿Cuáles son los errores más habituales en ese momento?
El más frecuente es esperar demasiado por miedo a tomar la decisión. El apego puede llevar a intentar prolongar la vida aunque el animal ya no tenga una buena calidad de vida. También es habitual buscar asesoramiento demasiado tarde o intentar gestionar la situación sin suficiente información veterinaria. Otro error consiste en interpretar un pequeño momento de mejoría como una recuperación, cuando puede formar parte de una evolución fluctuante de la enfermedad. Hablar del tema con antelación, resolver las dudas y conocer cómo está evolucionando el animal permite tomar decisiones más serenas y centradas en su bienestar.

¿Hay algún caso que recuerde especialmente?
Recuerdo el de una perrita de edad avanzada con un tumor hepático inoperable. No presentaba dolor, pero la enfermedad avanzaba y sus analíticas empeoraban. La familia estaba muy unida a ella porque había formado parte de toda su vida. Durante meses se probaron diferentes tratamientos para mantener su calidad de vida. Hubo pequeños momentos de mejoría, pero el deterioro continuó. Finalmente aparecieron vómitos que ya no podían controlarse con medicación, perdió el apetito y mostraba signos claros de agotamiento.
Después de varias conversaciones, la familia entendió que lo más importante era evitarle sufrimiento. La eutanasia se realizó de forma tranquila y respetuosa, con todos los miembros presentes y pudiendo despedirse en un ambiente sereno. Es un caso que refleja algo muy habitual: el amor profundo hacia un animal puede hacer que la decisión sea muy difícil, pero también puede llevar a tomar la opción más compasiva cuando se entiende que ya no queda bienestar posible.
Bárbara Febrel
Veterinaria
Después de una eutanasia, ¿es habitual que aparezca la culpa o la duda?
Sí. Algunas personas sienten que esperaron demasiado y otras piensan que quizá tomaron la decisión antes de tiempo. Es una reacción emocional normal dentro del duelo. En esos casos, el papel del veterinario es acompañar, escuchar y recordar los criterios médicos que llevaron a tomar la decisión. También ayuda entender que no existe un momento perfecto ni una decisión completamente libre de dudas. Las familias actúan con la mejor intención posible y con la información disponible en ese momento. Con el tiempo, algunas personas encuentran tranquilidad al recordar que evitaron un deterioro mayor. Aunque la decisión fue muy dura, pueden llegar a entenderla como un acto de cuidado y respeto hacia su animal.
¿Qué recomendaría a una persona que está viviendo ahora ese momento?
Que no está sola y que es normal sentir miedo, dudas o tristeza. La eutanasia es, para mí, el momento más difícil dentro de la convivencia con un animal, pero también puede ser un acto de amor cuando se realiza para evitar sufrimiento. Es fundamental hablar abiertamente con el veterinario, hacer todas las preguntas necesarias y centrarse en la calidad de vida: si el animal todavía disfruta, si está cómodo y si puede vivir sin dolor. Y, sobre todo, permitirse sentir y vivir el proceso sin culpa. Acompañar hasta el final, con respeto y cuidado, es una de las mayores muestras de amor que se puede ofrecer a un compañero de vida.