El tema educativo vuelve periódicamente a los medios de comunicación. Recientemente lo ha hecho gracias a la publicación del Informe PISA. El descenso experimentado por España, variable según la comunidad autónoma de que se trate, ha hecho una vez más saltar las alarmas. Y se vuelven a reiterar los mismos argumentos de otras veces, hasta que el tema, ya muy enquistado, se olvide. Y será preciso esperar al siguiente evento relacionado con el ahora comentado para que, de nuevo, surja el debate, signo de nuestro tiempo, donde todo, o casi todo, es efímero y pasajero.
La sensación más extendida entre quienes, de una u otra forma, en una u otra área del saber, se dedican a la docencia, es de desánimo, resignación y, sobre todo, impotencia. Sabemos que cualquier ley reguladora de la educación durará poco y pronto será sustituida por otra, que, posiblemente, empeore aún más las cosas. El camino iniciado desde la Transición política no ha hecho otra cosa que ir bajando el listón.
Somos conscientes de que se trata de un instrumento de uso político sobre el que el partido o la coalición de turno proyecta su visión del mundo y del ser humano, así como sus intereses. Pocas cosas como la educación he visto donde la falta de sentido de la realidad y las viejas utopías del 68 se hayan plasmado con más tozudez. Ocurre como si quienes elaboran las leyes no hubiesen aprendido nada de su propia experiencia de estos años o ni siquiera la tuvieran.
Al final se impone casi siempre el experimento, bien adobado de hermosas palabras; la novedad y la ideología, de los que la escuela, el instituto o la universidad se convierten en cajas de resonancia. Mas todo, según corresponde a la nueva era, animado con la participación de toda una pléyade de psicólogos, pedagogos y expertos en las nuevas tecnologías. Los sufridores de sus ideas serán quienes han de ponerse ante sus alumnos cada mañana, venderles la moto musitando una queja callada, condicionados unos por su pertenencia funcionarial, su expectativa de destino o la búsqueda de colocación. El suyo será un rechazo más o menos larvado, crítico, pero contenido por el temor.
Esta situación de permanente inestabilidad se perpetúa asimismo, al menos en lo que se refiere a los pequeños y adolescentes, porque los pilares de nuestra sociedad occidental se tambalean desde hace décadas. Sometida a un proceso de disolución, la familia, los padres, descargan buena parte de su responsabilidad educadora en los maestros y profesores. Cada vez con mayor frecuencia –y de ello saben bien los docentes– se trata de familias desestructuradas o con padres ausentes del domicilio familiar, cargados de trabajo y con aspiraciones de autorrealización y promoción. Carencia que pretenderán compensar con la concesión de prebendas a los hijos (cesiones ante el móvil –cuyos negativos efectos estamos viendo–, compras de caprichos, dejación de la vigilancia, etc.), aunque vaya en detrimento de su educación.
Padres que, a veces, fueron ganados por el espíritu y las consignas de los sesenta y carecen de la convicción necesaria para corregir a sus hijos.
Desterrada la autoridad del profesor y la disciplina como coactivas y reaccionarias, elegido frecuentemente el camino del atajo sobre el del esfuerzo o cómplices de un igualitarismo desmotivador del estímulo, la institución educativa, los padres y, a veces, también los propios docentes, forman piña en contra de todo aquello que pueda contrariar a los alumnos, haciendo cada vez más complicado salir del bucle de la mediocridad y la falta de comprensión de los contenidos. Pero mientras sean aquellos los valores imperantes, no dudemos que la situación se prolongará durante mucho tiempo, tal vez por una o dos generaciones. Y no se olvide la especificidad hispana: la obligatoriedad de la lengua regional en detrimento del español. O la irrupción de la IA, en cuyo comentario no puedo aquí detenerme.
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