Este catedrático de Filosofía del Derecho es un experto en las implicaciones jurídicas de la inteligencia artificial y en la obra de Ortega
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Como tantos sevillanos de adopción, Fernando Higinio Llano Alonso (Santander, 1969) es oriundo de la Montaña. Llegó a Sevilla muy joven y aquí estudió sus últimos años del Bachillerato en el colegio San Francisco de Paula y la carrera de Derecho en las aulas de la vieja Fábrica de Tabacos. Pero, pese a ser una persona perfectamente integrada en Sevilla, los lazos con su tierra natal son persistentes: sigue sufriendo con el Racing de Santander y lee todas las mañanas el Diario Montañés. Este catedrático de Filosofía del Derecho, discípulo de Pérez Luño y Peces-Barba, es decano de la Facultad de Derecho desde febrero de 2023 y puede presumir de una trayectoria en la que no ha descuidado su formación internacional, con estancias en las universidades de Bolonia, Pavía, Trieste, Maguncia, Edimburgo y Oxford. Como investigador ha trabajado principalmente en los retos del jurista en la era digital, la regulación de algoritmos y la ética de la inteligencia artificial jurídica, así como en figuras principales del pensamiento, como Kant u Ortega y Gasset. De su bibliografía destacamos Código humano: singularidad, derecho e inteligencia artificial’(2024, Editorial Dykinson) y El Estado en Ortega y Gasset’(2002, Editorial Tecnos).
Pregunta.–Veo que tiene en el despacho una maqueta de la puerta de la antigua facultad de Derecho, en la Fábrica de tabacos. ¿Nostalgia?
Respuesta.–Somos como los sefardíes, que conservaban las llaves de sus antiguas casas de España. Muchos aún tienen las placas de sus despachos de la antigua facultad. Es una nostalgia del tiempo que se nos fue, de la juventud.
P.–¿Pero hay intención de volver algún día?
R.–Ya no. Es muy difícil desandar el camino andado.
P.–¿Por qué se hizo profesor?
R.–Me influyó mucho mi maestro, Antonio Enrique Pérez Luño, que es un gran filósofo del Derecho. Para mí es un padre intelectual, un sabio de quien siempre aprendo muchísimo. También fue decano de esta Facultad y le sigo consultando muchas cosas.
P.–También fue discípulo de Gregorio Peces-Barba, un personaje importante en la historia reciente de España.
R.–Sí, fue redactor de la Constitución, presidente de las Cortes y fundador de la Universidad Carlos III. Echo mucho de menos los políticos de ese talante y de esa mentalidad, los que hicieron la Transición. Ese espíritu de reconciliación, con el “paz, piedad y perdón” de Azaña como base, lo pude ver en personajes como Peces-Barba. Era gente que apostaba claramente por el diálogo. Fue un gran maestro, con una visión de la universidad muy integradora. Formaba parte del PSOE, pero era una persona liberal, alguien a quien difícilmente veríamos en el Partido Socialista actual. Echo de menos ese socialismo liberal. En los años finales de su vida acometió una obra titánica, su Historia de los derechos fundamentales, que arranca en el siglo XVI y termina en los siglos XX-XXI.
Poner a los jueces y fiscales en la diana hace un flaco servicio a la Democracia
P.¿La Filosofía del Derecho sirve para la buena vida?
R.–Sí, porque el ser filósofo del Derecho te lleva a preguntarte constantemente por las razones y fundamentos del Derecho. Y eso tiene su aplicación a la vida cotidiana porque, aunque no queramos, las personas somos, además de animales políticos, animales jurídicos. De manera casi inconsciente estamos en contacto con el Derecho desde el principio de nuestra vida hasta el final. Como diría Ortega, sin Derecho la sociedad se desharía. No vivimos en un reino de ángeles y sin Derecho cada uno intentaría imponer sus intereses a los demás.
P.–¿El lawfare existe? ¿Se está usando el derecho con intenciones políticas? Trump y Sánchez dicen que son víctimas de los jueces. ¿Es cierto?
R.–Por parte de Trump hay una falta de respeto al Tribunal Constitucional norteamericano que es un ejemplo de independencia judicial. En lo que se refiere a España creo que el problema fue el pacto entre PSOE y PP para la configuración del CGPJ y del Tribunal Constitucional. Ese sistema, que originalmente tenía un planteamiento generoso y optimista, acorde con el espíritu de la Transición de pactar las cosas, con el paso del tiempo ha provocado una politización de la justicia y una judicialización de la política. Eso no es ni justo ni serio. Muchas veces se duda del trabajo de los jueces de manera gratuita. Poner a los jueces y fiscales en la diana hace un flaco servicio a la Democracia.
Fernando Llano, en su despacho de decano.
/ José Ángel García
P.–¿Hay posibilidad de vuelta atrás?
R.–Tenemos que ir a un nuevo contrato social en el que las nuevas generaciones participen. Echo de menos una mayor apuesta por las cosas comunes. Quizás se deba a la desafección de los jóvenes provocada por la falta de oportunidades y medios. Nuestros representantes deberían ser más generosos y responsables en el cumplimiento de su misión. Pero su apuesta es por la tensión, la crispación, el distanciamiento...
P.–Debe ser difícil enseñar Filosofía del Derecho a alumnos con problemas de comprensión lectora.
R.–Antes podías encargarle a los alumnos la lectura de un texto fácil como es El príncipe de Maquiavelo, el gran libro sobre el poder, pero hoy en día es más complicado, porque las nuevas generaciones están hechas a los 120 caracteres y su capacidad de concentración es menor. Aunque es verdad que han ganado en otras habilidades, saben estar en diversas pistas. Ha habido un cambio de paradigma y eso dificulta la enseñanza.
P. –Ha investigado las relaciones del Derecho con cuestiones como las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial. Hay gente que está pregonando el Apocalipsis. ¿Es usted pesimista?
R.–No soy pesimista. Estamos, como diría María Zambrano, en un momento auroral, clave en la historia de la humanidad. Es un momento que invita al optimismo, porque todo depende de nosotros. Tenemos que apostar por hacer llegar la IA hasta al último de los ciudadanos en los próximos diez años. Si no lo logramos estaremos fuera del sistema.
Hay que proteger mejor los derechos de autor en la Inteligencia Artificial
P.–La IA se está construyendo gracias a una gran rapiña: el robo masivo de la propiedad intelectual, empezando por la de los periódicos. ¿Cómo se ve esto desde el Derecho?
R.–Se ve muy mal y es lo que se está tratando de regular. Hay que proteger mejor los derechos de autor en la IA. La Unión Europea está en eso. No solo hacen falta sanciones sino una buena regulación. Pero si el Derecho siempre ha ido por detrás de los acontecimientos, ahora que todo se ha acelerado, mucho más. Hay preocupación en Bruselas.
P.–¿La IA va a afectar mucho a la empleabilidad de los graduados en Derecho?
R.–Tal como hasta ahora hemos entendido el Derecho, sí. Es el momento de que las facultades empiecen a formar a los alumnos de acuerdo con esa realidad que ya vivimos. El buen uso de la IA va a marcar la diferencia. Lo importante para sacarle buen partido a la IA está en las preguntas que le haces. Por eso, mientras más y mejor formación tengas, más provecho obtendrás de la herramienta. En la Facultad hemos apostado por esta formación. Hemos impulsado el primer máster oficial de Derecho y Ética en la Inteligencia Artificial. También hemos creado una cátedra de Derecho Público e IA para acercarnos al mundo de la Empresa. Y tenemos la semana de la IA, que este año ha cumplido su cuarta edición. Debemos conseguir juristas preparados para el mundo de la revolución tecnológica 4.0.
P.–¿Y se está consiguiendo?
R.–Sevilla vive un momento estelar que se está produciendo por la confluencia del mundo de la empresa, la universidad y la sociedad. Esa confluencia ha dado lugar a un megaproyecto que llevamos entre la Cámara de Comercio, la US y la empresa. No olvidemos que en la Cartuja está el Centro de Transparencia Algorítimica de la UE. Todo esto está dando muy buenos resultados.
P.–¿Los robots tendrán alguna vez derechos?
–Tarde o temprano se reconocerá la personalidad jurídica de los robots, al menos desde el punto de vista de la responsabilidad civil, como en su día se reconoció la de las empresas, algo que en su momento pudo causar hilaridad. Será por una cuestión meramente práctica. Cada vez son más las denuncias de incidencias provocadas por robots que llegan a los tribunales. En Europa no se ha hecho todavía por la presión de las aseguradoras, porque eso le podría causar pérdidas millonarias. Pero es ponerle puertas al campo. Los robots van a estar cada vez más presentes en nuestra vida cotidiana, lo que generará conflictos. El primer atropello mortal de un coche autopilotado fue el llamado caso Herzberg, en 2018. Esto generó una pregunta fundamental: ¿quién era el responsable?
Ortega y Gasset es el filósofo que mejor ha entendido el alma española
P.–Pero un robot no tiene dinero, no puede pagar indemnizaciones.
R.–Habrá que generar un fondo, una reserva que sirva para compensar esos daños. Exactamente igual como sucede en el mundo de la empresa. Estamos en un momento inicial, como los españoles cuando llegaron a América con las Siete Partidas. Al poco tiempo quedó claro que esas leyes no valían para la nueva realidad y nació una legislación nueva. Aún tenemos una legislación creada en un momento en el que no existía la IA y la domótica no estaba superavanzada. Este debe cambiar.
P.–Es usted un orteguiano nato. Es curioso como Ortega y Gasset sigue presente en la España actual.
R.–Porque es el filósofo de la vida, de la realidad radical. Nos reveló que nuestra vida es debatirnos siempre por mantenernos a flote en un medio líquido e inseguro, las famosas circunstancias. Además, es el filósofo que mejor ha entendido el alma española. Su visión del país se corresponde muy bien con la de la Transición. Después hay un Ortega europeo que se espantaría de la Europa actual. Él apelaba al alma de Europa, a las raíces de todos nosotros, pero da la sensación de que la UE ha devenido en un proyecto burocrático. Se ha construido un muro burocrático entre la ciudadanía y el parlamento europeo. De ahí vienen el Brexit, el auge del euroescepticismo, el fracaso de los referéndums de la constitución europea...
P.–La universidad pública española parece haber entrado en una crisis de identidad. Ha cumplido como ascensor social, pero ha olvidado la excelencia y la formación de elites rectoras.
R.–Estoy de acuerdo. La universidad pública debe seguir siendo un ascensor social. En nuestras aulas se unen gentes de familias muy acomodadas con otras de ambientes más humildes. Pero está claro que sí sería deseable exigir la excelencia, porque nos hace mejores y más competitivos. Eso sería bueno para todos.
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