Es un fotógrafo obsesivo de Sevilla y ha regalado a la ciudad algunos de los libros que mejor la han retratado
Desde 2017 una calle perpendicular de Reina Mercedes –su patria chica– lleva su nombre
Joaquín Mañes: “Los españoles no liberaron París, c
La manera de hablar de Antonio del Junco (Sevilla, 1957) da algunas pistas al entrevistador. La principal es que Del Junco tiene un pellizco de señorito, una mezcla de simpatía y chulería en el buen sentido de la palabra. Salpica el discurso con tacos siempre bien traídos. Sobre todo cuando habla de cosas profundas, como para quitarle solemnidad a la cosa. Hablando con él se comprende que actualmente está lleno de melancolía y que no solo le duelen las secuelas de un reciente accidente. Criado en los pabellones militares Reina Mercedes y con estudios en Arquitectura, Antonio del Junco tiene algo de punto filipino, pero sin desmadrarse del todo. Sabe mantener bien la tensión entre lo canalla y lo cabal. Fue funcionario y, al mismo tiempo, un fotógrafo obsesivo de Sevilla, con más de 40 libros dedicados en gran parte a la ciudad y sus cosas. Echen un vistazo a https://deljunco.com/. Sobre todo, fue el privilegiado que pudo acceder, junto a Ismael Yebra, al interior de los conventos sevillanos, de lo que salió esa joya que es ‘Sevilla en clausura’. Además, es el hombre al que el alcalde Sanz le encargó el libro de fotos que regala a las visitas importantes al Ayuntamiento, ‘Los colores de Sevilla’. Y, sobre todo, es el afortunado al que su ciudad le dedicó la calle, Fotógrafo Antonio del Junco, perpendicular de Reina Mercedes. Más que merecida.
Pregunta.–¿Fotógrafo de primera vocación?
Respuesta.–Mi primera vocación fue el dibujo. Pero yo pertenecí a la generación en que los zurdos éramos siniestros. Mi padre me amarraba el brazo izquierdo para ir al colegio. Un año me rompí el escafoide y estuve un tiempo sin poder usar la mano derecha... Dibujaba del carajo con la izquierda. Mi primera foto la hice con unos 14 años. Un día de Navidades vi una escena feliz de familia. Quería eternizar ese momento que se iba. El tiempo es un río.
P.–Al menos desde Heráclito.
R.–Llamé a mi tía para que me dejase su cámara Voigtländer. Fui corriendo a su casa para buscarla. La foto éramos los siete hermanos alrededor de mi padre. La tuvo mi madre muchísimos años.
P.–¿Y su primera cámara?
R.–Cuando fui con mi madre a Ceuta y la convencí para que me comprase en un indio una Asahi Pentax. Todavía la tengo. Me ofrecía a los vecinos sin cobrar. Me salían muy bien las fotos y empecé a descubrir los primeros trucos.
P.–¿Y su primer trabajo?
R.–Una boda. Me llamó Antonio Núñez Naranjo, nieto de un presidente del Betis. Es el que lleva el Lignum Crucis en Vera-Cruz. Se casó una prima suya y me pidió que le hiciese fotos. Fue mi primer álbum. En esa época iban a las bodas varios fotógrafos por libre para venderte luego las fotos. Todos eran bastante cabrones.
P.–Criado en Reina Mercedes, en los pabellones militares. El otro día le dijo usted a Alfredo Valenzuela que era el rincón de Sevilla que más le gustaba.
R.–Es que además de criarme allí, estudié Arquitectura. Reina Mercedes era como el patio de mi pandilla. También de la que después fue mi mujer. Me la ligué cuando estudiaba en Albaydar. Lo que más me gusta de Reina Mercedes es que tiene mucha tipología de soportales. Los de los pisos militares tienen un juego de arcos impresionante, sobre todo en los dos patios centrales. La gente no se fija, pero es una virguería.
P.–Sevilla era una ciudad con muchos soportales que se fueron destruyendo. Una auténtica pérdida, sobre todo los días de calor.
R.–¿Usted ha visto fotos antiguas de como era el barrio de la Alfalfa? Había zonas que estaban llenas de soportales. Hoy apenas quedan los de República Argentina, Reina Mercedes, Juan XXIII, pequeños tramos en el centro, algo en Luis Montoto... poco más.
P.–Gracias por traerme su libro ‘Los colores de Sevilla’, uno de los más conocidos de los aproximadamente cuarenta que ha editado.
R.–En el origen de ese libro está mi amigo del alma Ramón Ybarra, al que todavía lloro. Me llamó un sábado y me dijo que el lunes teníamos que ir a comer a casa Moreno. “Nos colocamos en la esquina y que Emilio nos ponga lo que le vaya dando la gana. Y hablamos de nuestros hijos”, me dijo. Esa noche murió. Hace ahora dos años. Ramón fue el que le dijo a su hermano Enrique que había que hacerme un libro. Lo hicimos en blanco y negro y lo titulé La vida secreta de Sevilla. Al alcalde José Luis Sanz le gustó y me pidió una versión en color, lujoso, como regalo del Ayuntamiento.
P.–¿Y cuáles son los colores de Sevilla? Me imagino que uno de los primeros es el albero.
R.–El albero de Sevilla es un color muy original. Aunque habría que hablar de los alberos: el de fondo y el que resalta; el primero es un albero más suave y, el segundo, más oscuro para remarcar las molduras. Aníbal González usó mucho esta técnica. Es lo que le da la elegancia a la ciudad. No está en otro sitio. El color albero es pura Roma, porque de Itálica a Lora del Río estaban los mejores barros de albero para hacer la más excelente cacharrería de toda la península Ibérica. También está el almagre, que es un albero casi rojo, un color que tampoco se usa apenas fuera de Sevilla. Otro es el celeste oscuro. El azul del cielo de Sevilla es único, por la humedad, por el viento que viene de Huelva... Yo he estado tres años viviendo en Valencina –que fue la capital del mundo en el calcolítico– y Villanueva y allí el cielo es maravilloso, pero no es el de Sevilla, con ese azul que uno fotografía sin querer, sin tener que oscurecer el diafragma para saturar el color. Sale solo. El Guadalquivir suele ser de color verde, a no ser que venga el aire sin humedad de Córdoba... ese día te puedes hartar de hacer fotos con el agua azul.
El azul del cielo de Sevilla es único, por la humedad, por el viento que viene de Huelva
P.–También ha retratado a Sevilla en blanco y negro. No debe ser fácil.
R.–Pese a lo que se cree, Sevilla es una ciudad que tiene muy pocos colores, muy uniforme, muy monocroma. Solo tienes que coger el móvil, hacer fotos y pasarla a blanco y negro. Verás como todo pasa a ser del mismo tono.
P.–Le he leído que cada vez que hace una foto se pregunta, ¿cómo la haría Atín Aya?
R.–Un puto genio. Trabajaba con una simpleza genial, muy difícil de conseguir. Sus retratos de la gente del entorno de las marismas, esas que llevan una guita en vez de cinturón, son impresionantes. Años después, Alberto Rodríguez usó mucho esas fotos para sus película Isla Mínima.
P.–¿Se puede hablar de una escuela sevillana de fotografía?
R.–Absolutamente. Aunque mejor pensado habría que hablar de varias escuelas. Está la escuela sevillana de Semana Santa de siempre, que a mí me toca mucho las narices. Son muy buenos: saben armonizar, encuadrar, ponerlo todo perfecto... y al rato estás bostezando. Me he ganado enemigos por decir esto. Deberían empezar a hacer otras cosas, porque la Semana Santa es infinita. Pero siempre hacen la misma. Javier Sánchez Menéndez quiere que le haga un libro que se llame La santa semana, con fotos del estilo de las nazarenas dándole la teta a los niños... tengo muchas... no pasa nada. Le están dando la teta al niño y se están descojonando. Pero yo me niego. Porque una cosa es hacer una Semana Santa original y otra es zaherir. Otra escuela sevillana es a la que pertenecen fotógrafos como Atín Aya o Aitor Lara. A mí me gusta muchísimo Alberto Viñals, el que hizo el libro Las calles de Sevilla con Manuel Ferrand. Yo me sabía de memoria ese libro. Veía las fotos de los catetos sentados en los bancos, con los pantalones de campana, tocando las palmas con las gachís y pensaba: esto es Sevilla. En estos tiempos llega el fotógrafo y quita al tío feo, peina a otro, le dice al de más allá que cante a la Virgen... Las fotos de Viñals del libro La naturaleza en Sevilla, también son una maravilla. Entre los mejores fotógrafos de Sevilla está Pepe Morán. Lo admiro mucho.
P.–¿Y fuera de Sevilla?
R.–De la movida madrileña no me gusta ninguno.
P.–¿Ni siquiera García-Alix?
R.–No, no me gusta el feísmo.
P.–Es funcionario municipal jubilado. De los alcaldes con los que ha tratado, ¿cuál era el alcalde más fotogénico?
R.–Juan Ignacio Zoido. Era un hombre gordito pero con un gran atractivo. Levantaba la cara y te miraba a los ojos. Yo lo conocía desde muy joven, cuando jugábamos al fútbol en el campo de Reina Mercedes.
Ismael Yebra decía que mis fotos de las monjas le recordaban a los cuadros de Alfonso Grosso
P.–Algunos de sus libros los ha hecho en collera con escritores y periodistas sevillanos. Por ejemplo, Paco Robles.
R.–Trabajar con Paco era un disfrute. Es un tipo muy gracioso y con muy mala leche, con una inteligencia natural que me da envidia. Cuando venía a casa a trabajar le decía: ¿Paco, cómo vienes de cabrón hoy? Después le ponía su heladito y empezábamos. Es un tipo de un ingenio tremendo. Cuando hicimos el libro Sevilla ciudad eterna estábamos todo el día discutiendo y lo pasábamos muy bien. Fue un libro muy enriquecedor, aprendí muchísimo. A Paco me lo presentó David González y, en un primer instante, ni siquiera me miró. Le preguntó a David: “¿Este tío quién es? Yo le dije muy serio: “A este tío no le hables en tercera persona. Soy Antonio del Junco y me hablas de tú o de usted”. Acabamos siendo hermanos.
P.–Uno de sus mejores libros es Sevilla en clausura, en el que consigue meter la cámara en algunos de los sitios más reservados de la ciudad, los conventos de clausura. Lo hizo con el escritor que probablemente sabía más de estos espacios: el añorado Ismael Yebra.
R.–Ismael llevaba años buscando un fotógrafo. Lo intentó con algunos que le gustaban, pero no a las monjas. Ese libro lo hicimos juntos porque, según me dijo, yo era el único al que no se le iba a ocurrir sacar el flash, que usaba la luz barroca, la que había cuando se crearon esos conventos. Mis fotos mostraban cómo se veían esos interiores en el barroco. Ismael decía que mis fotos le recordaba a los cuadros de Alfonso Grosso, aunque yo no estoy de acuerdo.
P.–Grosso, el gran pintor de los conventos de Sevilla.
R.–Ismael decía que yo, como Grosso, sabía coger la naturalidad de las monjas: hablando, haciendo dulces, rezando, descorriendo una persiana... Nos lo pasamos muy bien con el libro. Las monjas nos dejaron trabajar y nosotros intentábamos no molestar. Incluso nos permitían comer con ellas en el refectorio, algo que está prohibido. No siempre es fácil. Hay conventos con monjas verdaderamente malas, tontas. A veces no es más que simple estupidez. Otras, sin embargo, son maravillosas.
P.–Una de sus pasiones es la poesía. Tiene varios libros en el cajón.
R.–Sí, pero la poesía no se escribe, no se lee... la poesía se vive.
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