El calor extremo que vive este verano el litoral mediterráneo no solo se explica por lo que ocurre en la atmósfera. También hay que mirar al mar. El Mediterráneo lleva meses registrando temperaturas excepcionalmente altas, una anomalía que los científicos consideran ya una muestra evidente de la tropicalización de este mar. No se trata de un episodio aislado, sino de una tendencia que ya está modificando el clima, la biodiversidad marina y el propio litoral.
El calor extremo que vive este verano el litoral mediterráneo no solo se explica por lo que ocurre en la atmósfera. También hay que mirar al mar. El Mediterráneo lleva meses registrando temperaturas excepcionalmente altas, una anomalía que los científicos consideran ya una muestra evidente de la tropicalización de este mar. No se trata de un episodio aislado, sino de una tendencia que ya está modificando el clima, la biodiversidad marina y el propio litoral.
El denominado mar Balear, la masa de agua situada entre Baleares, Tarragona, Castellón, Valencia y el norte de Alicante, se ha convertido en una de las zonas más cálidas de todo el Mediterráneo occidental. El agua más caliente no solo transforma el ecosistema marino: también favorece noches tropicales más frecuentes, aporta más energía a las lluvias torrenciales de otoño, acelera la erosión de las playas y facilita la llegada de especies propias de mares tropicales.
Los datos muestran hasta qué punto el calentamiento resulta excepcional. Según explica el delegado territorial de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en la Comunidad Valenciana, José Ángel Núñez, durante 186 de los 187 primeros días de 2026 la temperatura superficial del mar Balear ha permanecido por encima de la media climática. Solo el 4 de marzo descendió unas centésimas por debajo del valor habitual.

Un árbol seco junto a una playa. / Magnific
La tendencia comenzó a dispararse durante la primavera. Abril y mayo fueron los más cálidos de toda la serie histórica del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF), cuyos registros arrancan en 1941, mientras que junio fue el segundo más cálido jamás registrado, solo superado por el de 2025.
Las temperaturas más elevadas se concentran en torno a las islas Columbretes, entre Castellón, Tarragona y Mallorca. "La costa alicantina y la andaluza son algo más frescas gracias a las corrientes marinas y a determinados vientos que favorecen el afloramiento de aguas profundas", explica Núñez.
El Mediterráneo ya no refresca las nochesUno de los efectos más evidentes del calentamiento del mar ya se percibe cada verano en las ciudades costeras. Durante décadas, la brisa marina actuó como un eficaz sistema natural de refrigeración. Pero cuando el agua acumula temperaturas tan elevadas durante semanas, ese mecanismo pierde eficacia.
"El océano y la atmósfera intercambian calor continuamente", resume José Ángel Núñez. Si el Mediterráneo está mucho más caliente de lo habitual, la brisa deja de transportar aire relativamente fresco y comienza a desplazar masas de aire mucho más cálidas hacia la costa.
Los expertos recuerdan que un mar muy cálido no provoca por sí solo una dana, pero sí aporta un ingrediente decisivo. Cuanto mayor es la temperatura del agua, más vapor se evapora hacia la atmósfera, creando una enorme reserva de energía
La consecuencia es un aumento de las noches tropicales, cuando el termómetro no baja de 20 grados, e incluso de las noches ecuatoriales o tórridas, en las que permanece por encima de 25 grados durante toda la madrugada.
Ciudades como Valencia, Castellón, Gandia, Dénia o Benidorm registran cada verano más noches sofocantes, con efectos que van mucho más allá de la incomodidad: dificultan el descanso, aumentan el estrés térmico y elevan el riesgo para las personas más vulnerables durante las olas de calor.

shore beach with rocks / engin akyurt
El calentamiento del Mediterráneo también deja su huella cuando termina el verano. Los expertos recuerdan que un mar muy cálido no provoca por sí solo una dana, pero sí aporta un ingrediente decisivo. Cuanto mayor es la temperatura del agua, más vapor se evapora hacia la atmósfera, creando una enorme reserva de energía.
Cuando una masa de aire frío en altura entra en contacto con ese aire cálido y húmedo, las precipitaciones pueden alcanzar intensidades extraordinarias. Por eso, un Mediterráneo cada vez más caliente puede favorecer episodios de lluvias torrenciales más intensos, aunque la formación de una dana siga dependiendo de la situación atmosférica.
En otras palabras, el mar no genera la tormenta, pero sí puede hacer que descargue con mucha más violencia.
Diez centímetros que cambian la costaLas consecuencias del calentamiento tampoco se limitan al clima. Según explica José Ángel Núñez, desde la década de 1980 el nivel medio del Mediterráneo aumenta alrededor de tres milímetros al año debido a la expansión térmica del agua y al deshielo de las grandes masas de hielo continentales.
Esa subida acumulada ronda ya los diez centímetros, una cifra que en playas muy llanas como muchas de las valencianas puede traducirse en hasta diez metros de retroceso del litoral.
Al elevarse el nivel medio del mar, el oleaje penetra con mayor facilidad durante los temporales y acelera la erosión. Muchas playas disponen de menos capacidad para recuperarse entre un episodio y otro y dependen cada vez más de aportaciones artificiales de arena para frenar una regresión que podría intensificarse durante las próximas décadas.
Un fondo cada vez más tropicalLos efectos del calentamiento no terminan en la superficie. Bajo el agua también está cambiando el Mediterráneo.
Los científicos hablan ya de un proceso de tropicalización, un concepto que va mucho más allá del simple aumento de la temperatura del mar. Significa que el ecosistema comienza a comportarse cada vez más como el de un mar tropical, con cambios en la biodiversidad y en la distribución de numerosas especies.
Cada vez aparecen con mayor frecuencia organismos propios de aguas cálidas que hace apenas unas décadas apenas estaban presentes en el Mediterráneo occidental. Algunas especies llegan desde el Atlántico, mientras que otras penetran a través del canal de Suez desde el mar Rojo y el océano Índico, favorecidas por unas temperaturas que les permiten colonizar nuevas zonas del litoral.
Diferentes especies propias del Mediterráneo, adaptadas durante miles de años a aguas más templadas, encuentran cada vez más dificultades para sobrevivir a los veranos más cálidos
Uno de los ejemplos más conocidos en la Comunidad Valenciana es el cangrejo azul (Callinectes sapidus). Originario de la costa atlántica americana, hace apenas unos años era una especie prácticamente desconocida en los humedales valencianos. Hoy forma parte del paisaje habitual en espacios como la Albufera, el Marjal de Pego-Oliva, el Prat de Cabanes-Torreblanca o numerosas desembocaduras de ríos.
Su expansión ha obligado incluso a adaptar la actividad pesquera. En algunos lugares representa un nuevo recurso económico, pero también altera el equilibrio de los ecosistemas al competir con especies autóctonas. Mientras tanto, otras especies propias del Mediterráneo, adaptadas durante miles de años a aguas más templadas, encuentran cada vez más dificultades para sobrevivir a los veranos más cálidos.
La posidonia, bajo presiónEntre los ecosistemas más amenazados destaca la Posidonia oceanica, una planta marina exclusiva del Mediterráneo y considerada uno de los grandes tesoros ambientales de este mar.
Aunque muchas veces se confunde con un alga, en realidad forma inmensas praderas submarinas que desempeñan funciones esenciales: protegen las playas frente a la erosión, mejoran la calidad y transparencia del agua, sirven de refugio a centenares de especies y capturan grandes cantidades de dióxido de carbono, contribuyendo a frenar el cambio climático.

Pradera de posidonias en Alicante. / Magnific.
Sin embargo, el aumento sostenido de la temperatura está sometiendo estas praderas a un creciente estrés térmico. Diversos estudios han constatado una mayor mortalidad de sus brotes, una pérdida progresiva de superficie y alteraciones en su ciclo biológico.
Los investigadores también han detectado floraciones masivas de posidonia, un fenómeno poco habitual que muchos interpretan como una respuesta de supervivencia frente a unas condiciones ambientales cada vez más adversas.
Su deterioro tendría consecuencias que irían mucho más allá del fondo marino. Sin estas praderas, muchas playas perderían una parte importante de su protección natural frente a los temporales y serían todavía más vulnerables al avance del mar.
Un cambio que ya afectaEl Mediterráneo siempre ha sido uno de los grandes reguladores del clima valenciano. Su temperatura condiciona la humedad ambiental, la intensidad de las brisas, las temperaturas nocturnas y buena parte de los fenómenos meteorológicos que afectan a la fachada mediterránea.
Por eso, el calentamiento del mar no constituye únicamente un problema ambiental. También tiene consecuencias para la salud pública, por el aumento de las noches de calor extremo; para el turismo, por la transformación del litoral; para la pesca, por los cambios en las especies, y para la gestión de una costa cada vez más vulnerable frente al avance del mar.
Un mar que durante generaciones ha definido el paisaje, la economía y la forma de vivir de los valencianos está cambiando a una velocidad sin precedentes
Los científicos insisten en que el verano de 2026 no representa una anomalía aislada, sino un paso más dentro de una tendencia que se consolida año tras año. El Mediterráneo se está calentando a un ritmo superior al de muchos otros mares del planeta, y el mar Balear figura entre las zonas donde ese proceso resulta más intenso.
Ese calentamiento ya no solo afecta a los peces o a la posidonia. También se traduce en noches más sofocantes, en una mayor disponibilidad de energía para las tormentas otoñales, en playas cada vez más frágiles y en un ecosistema que evoluciona hacia condiciones propias de latitudes tropicales.
La tropicalización del Mediterráneo ha dejado de ser una previsión para finales de siglo. Frente a las costas de la Comunidad Valenciana ya forma parte del presente. Un mar que durante generaciones ha definido el paisaje, la economía y la forma de vivir de los valencianos está cambiando a una velocidad sin precedentes. Y ese cambio, aunque muchas veces pase desapercibido bajo la superficie del agua, ya empieza a sentirse en cada noche de verano, en cada temporal de otoño y en cada metro de playa que el Mediterráneo gana lentamente a la costa.
Fuente: Levante - EMV